Los ángeles
no se ven
El aeropuerto General Andrews quedaba en las afueras. Entonces
yo vivía en un lugar llamado Ciudad Trujillo. La recuerdo
pequeña y limpia. Árboles de mangos, cajuiles y
almendras se conjugaban con las casas de Gazcue en enormes
espacios vacíos. Inmensas palmeras en el malecón
y un olor a salitre permanente que ratificaba nuestra condición
de isla. En esos tiempos, entre los niños se practicaba
la cultura del ‘maroteo’. Los sábados la
costumbre era ‘tirapiedras’ en mano para cazar
alguna que otra cigua o bates y guantes de pelota, perfectas
armaduras de la naciente juventud que se congregaba en parques
y solares vacíos en busca de diversión y aventura.
Los domingos para mi eran especiales.
Temprano me levantaba con la ilusión de que mi papá me
llevara a ver aterrizar y despegar los aviones de Panamericam.
Contenía el aliento y el corazón se me aceleraba
de emoción cuando desde el cielo descendían
envueltos en un ruido ensordecedor aquellos aparatos inmensos
de cuatro hélices. Mi mirada se cansaba contemplando el
infinito donde rodeados de nubes se perdían en la
lejanía. Entonces, respiraba y soñaba con algún
día poder descubrir el mundo mas allá de las nubes.
No sé porque las nubes eran siempre un enigma, detrás
de ellas estaría Dios, los Ángeles y también
los Reyes Magos. Estaba seguro de que si algún día
me tocara viajar descubriría todos losmisterios que en
ese entonces me inquietaban.
-¿Adónde van?, Pregunté curioso
a mi papá
-A todas partes, sin dejar de mirar al cielo me respondía
agredido por mi constante curiosidad. El mundo para mí era
el barrio donde estaban mis amigos, el Instituto Escuela donde
tartamudeando recitaba cortos poemas en las veladas de cada mes
y un pedazo de mar llamado Güibia en el cual me zambullía
y descubría que en cada caracol encontrado en la
arena estaba la posibilidad de descifrar todos los secretos
de la eternidad.
-¿Los que viajan lo ven todo?, Pregunté un domingo
en el cual decidí enfrentar su silencio.
-¿Ven qué? Respondió con otra pregunta mi
papá.
Bueno, -tímido insistí- lo de los ángeles
que están en el cielo.
-¿Los ángeles? Se despegó un poco de mí y
observe en su mirada sorpresa.
Tardó unos segundos en contestar,
que para mi fueron indicativos de que algo misterioso ocultaba.
-Los ángeles casi nunca se ven, sin mirarme a los ojos
dejó caer, concentrándose en el humo de su cigarrillo.
Parece que se esconden muy bien y diciendo esto, me señaló una
inmensa nube que sobresalía sobre las demás.
-Mira, esa nube gris es presagio de aguaceros.
Y sin decir mas me tomo de la mano restándole importancia
a mi pregunta.
-¿Vuelan rápido verdad? Tienen cuatro motores
-¿Los ángeles?
-Los aviones- me corrigió titubeando mi papá y
añadió- los ángeles no se ven casi nunca,
son invisibles.
-Pero, tienen alas -le corregí muy seguro-.
-Así es -dio por terminado el tema-.
-En el Instituto Escuela hay uno pintado en una pared
muy grande -insistí en la conversación-.
-Ahí viene otro avión, fíjate como aterriza
-señalando a lo lejos me hizo mirar hacia arriba-.
-¿Chocan con los aviones?
-¿Quiénes? Preguntó distraído, mientras
encendía otro cigarrillo, ¿Los ángeles?
-Todo lo contrario, -rápidamente se inventó-
ayudan a volar a los aviones y le prestan sus alas.
Sonreí. Claro, me dije. Cómo no lo había
entendido antes. Es la única manera de que esos aparatos
tan grandes puedan elevarse con esa facilidad.
Cuando mi abuela Marina me dijo una mañana que nos iríamos
a Nueva York no pude contener mi alegría. Al fin vas a
poder viajar en un avión. Ella sabía de mi afán
por los aviones. Apenas tenía seis años y
para que entendiera hacia donde me llevaban me explicó que
era una ciudad muy grande donde los edificios tocaban el cielo
y la gente hablaba diferente a nosotros. Además en algunas épocas
del año, la ciudad se vestía de blanco por la tanta
nieve que caía.
Cuando dijeron la palabra nieve se me
agrandaron los ojos. La nieve para mí eran los copos de algodón blanco
que le ponían al arbolito de navidad cada diciembre. La
nieve, también era el lugar donde vivía Santa
Claus, símbolo de frío e invierno. La abuela
que era muy didáctica. Una tarde abrió el freezer
de su vieja nevera Kelvinator y sacando la escarcha me la mostró.
-Así es la nieve. Agua que cae del cielo y se convierte
en hielo muy fino, continuó explicándome.
Desde que supe la noticia no hice mas
que pensar en mi encuentro con las nubes. La ilusión de encontrarme con algún ángel
no me dejaba dormir.
La emoción de descubrir el mundo no me dio tiempo a entender
que un viaje era desprenderme del entorno que amaba, mis padres,
mi escuela, mi hermanito, y la inmensa mata de almendras de
la cual durante casi todo el año podía
disfrutar de sus frutos y al secarse, saborear al machacarlas
sus deliciosas semillas.
Me pusieron mi ropa de domingo.
Tu tía Gladys nos espera en el aeropuerto en Nueva York
y te ha comprado un abrigo mas fuerte, mientras me vestía,
hablaba la abuela nerviosa. Mi papá nos llevo en su carro
al lugar donde tantos domingos había ido a ver llegar
y salir aviones. Esta vez me iría en uno de ellos, sentía
una mezcla de susto y excitación por lo desconocido que
no podría describir.
Llegamos al aeropuerto, ni rastros del ángel. Gente muy
nerviosa caminaba de un lugar a otro. Algunos lloraban, otros
se abrazaban, unos niños igual que yo correteaban de un
lugar a otro. Un compañero de curso me saludó,
le dije rápidamente que me montaría en un avión,
abrió los ojos incrédulo. Todo era muy rápido.
Mi papá me regaló unos dulces y no dejaba de pasarme
la mano por la cabeza, nunca antes lo sentí tan cerca
y cariñoso.
Espero que no se me haya olvidado nada,
escuché a mi
abuela decirle a mi papá. Y se puso a repasar en voz alta,
los dulces de leche, el casabe de Gladys. Una voz surgió de
ningún sitio y comenzamos a abrazarnos. Había prometido
no llorar pero no podía contener las lagrimas. Estaba
contento y triste, no podía explicar.
Caminamos muy juntos mi abuela y yo hacia la escalerilla del
avión. Miraba hacia atrás constantemente para ver
si veía a mi papá. En un momento le vi sacar un
pañuelo y llevárselo a la cara, mi papá nunca
lloraba, sería el sudor pensé, hacia mucho calor.
Una muchacha muy linda nos llevo a nuestros
asientos, a mi me toco la ventanilla. Luego me amarraron al
sillón y uno
a uno comenzaron a encender lo motores. El susto no me dejaba
y volví a llorar pero era por la tristeza de dejar a mi
papá y a mi mama.
Cerré los ojos y me concentre en las nubes. El inmenso
avión comenzó a moverse y correr por la pista.
Todo pasaba rápido. Pude ver el lugar en el monte desde
donde veíamos los domingos despegar los aviones y volví a
llorar. Me seque las lagrimas para que mi abuela no supiera que
continuaba llorando, no quería que ella se pusiera triste.
Sentí el momento en que nos despegamos de la tierra y
fue una sensación como si flotara en el aire rumbo al
cielo. Pensé en todos mis seres queridos que faltaban
y me hubiera gustado que ellos estuvieran conmigo Tenía
los ojos muy abiertos. Mi papá me había dicho que
los ángeles ayudaban a volar a los aviones, estaba seguro
los vería. Rápidamente apareció la primera
nube. Los rayos del sol se colaban entre ellas y les daban un
tono dorado. Era como un cuento de hadas, no podía despegar
mi mirada del exterior. La ciudad se fue haciendo pequeña,
muy pequeña hasta que desapareció de mi vista y
la ventada se lleno de azul.
Nos trajeron cena pero no quise despegarme de la ventana. Estaba
esperando el momento de verlo, pasaron las horas y creo me quede
dormido. En el sueño lo vi. Estaba a mi lado. Era de grandes
alas, su mirada amigable, una fuerte luz lo envolvía Entonces
me habló.
Me aseguró que todos tenemos un ángel pero me
pidió que no dijera más. He guardado el secreto
todos estos años, sólo los que confían,
sienten su presencia. Que pena los que no creen, lo que se pierden.
Freddy Ginebra
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