
|
El
país de las ballenas bilingües
A Canadá lo descubrí tarde. Digo
tarde porque viajar después de los cincuenta a un país
tan extraordinario es una falta de respeto a la vida y a uno
mismo. Un irrespeto al compromiso que tenemos todos de vivir
y ver, disfrutar y saborear lo mejor antes de regresar al hogar
del Padre. Cosas que pasan y no por falta de entusiasmo.
Jamás pensé que las ballenas que durante los meses
de agosto se bañan en las costas del norte de la isla
de La Española, que es donde vivimos los dominicanos,
fueran canadienses. Si no son canadienses lo parecen. Por eso
es que había notado cierto acento entre inglés
y francés en sus quejidos de amor; pero nunca sospeché su
verdadero origen. La primera ballena jorobada que escuché resoplar
en Samaná antes de aparearse seguro que hablaba francés,
tenía estilo franco-canadiense, se movía como tal
y hasta nadaba con gestos primermundistas; las otras, también
canadienses, eran bilingues. Es más algunas tenían
muy marcado el comportamiento inuit (esquimal). No me pregunten
como lo sé, intuición ambientalista, sospecho.
Recuerdo que la primera vez que alguien me hablo del Canadá fue
mi profesor de geografía cuando cursaba el tercero
de primaria, años cincuenta. Para explicarnos la extensión
del inmenso país escribió en la pizarra el número
200 y a continuación dijo: son las veces que cabe nuestra
isla en su territorio”. Abrí todo lo que pude los
ojos y puse cara de no me lo creo. A esa edad el barrio de Ciudad
Nueva era todo un imperio para mí y el Malecón
era mi horizonte más lejano. Me costó trabajo imaginar
un país tan grande. Luego, secretamente, le pedí a
mi papá que dividiera la cantidad de kilómetros
entre los nuestros. Eran demasiados números para mi edad,
pero quedé perplejo al constatarlo. Me sobraban kilómetros ¡Cuánta
tierra! El susodicho profesor, que gustaba escandalizar con sus
detalles, guardó silencio y en seguida agregó: “Eso
no es nada, la temperatura llega a bajar hasta 40 grados bajo
cero. Poéticamente –comentó–, hasta
las sonrisas se congelan”. De inmediato me imaginé metido
en el frizer de mi casa rodeado de escarcha y soñé desde
ese día con comprar un trineo tirado por perros y disfrutar
con aquellos paisajes insistentemente blancos que siempre asociaba
con el nacimiento de algodones que poníamos en casa cada
navidad. Estudiando al país, me impresionaron sus lagos,
la cercanía al Polo Norte (donde por supuesto vivía
Santa), y la vida sumergida en el hielo de los esquimales y los
pingüinos.
Siendo apenas un adolescente algunos amigos privilegiados eran
enviados a estudiar a ciudades tan remotas y exóticas
para mí, como Ottawa, Montreal y Québec. En esa época
un canadiense, Paul Anka, se había convertido un nuestro ídolo
musical encabezando el hit parade del momento. “Diana”, “Put
Your Head On My Shoulder”, y “Puppy Love” fueron
melodías que acompañaron mi primera etapa del descubrimiento
del amor adolescente, donde saber cantar en inglés era
un plus sexy y diferente. Aprendí las letras de memoria
y luego, diccionario en mano, descubrí el significado
de algunas, sólo las imprescindibles.
En las vacaciones de navidad los amigos regresaban con el frío
retratado en el rostro, contando increíbles historias
de cómo se congelaban los lagos y disfrutaban patinando
en ellos. Algunos hasta provocaban envidias con fotos en blanco
y negro de sus aventuras de invierno y paisajes de postales donde
la nieve ocupaba con su impecable blancura todos los escenarios.
Treinta y cuarenta bajo cero, el vapor te sale no sólo
por la boca sino hasta por los oídos. Nunca les creí.
Al primer canadiense lo conocí cuando en los años
cincuenta vino a instalarse un nuevo administrador para
el Royal Bank, institucion que ya estaba con nosotros desde el
1911.En una fiesta baile con su hija. Los extranjeros
eran toda una novedad en esos años de dictadura. Me sorprendió con
la facilidad que la muchacha había aprendido español.
Ella era muy blanca y discreta, le encantaba nuestro país
y hablaba con nostalgia del suyo. Con los años mi cultura
de aquellas tierras inmensas y frías fue creciendo a través
de variadas experiencias. Llegué a coleccionar postales
que enviaban los amigos. La catedral de Montreal, el Chateau
Frontenac en Upper Town visto desde el río San Lorenzo
de Québec, los altos edificios de Toronto, Niagara Falls
del lado canadiense. Las fiestas de invierno y su famoso Winterlude
con impresionantes esculturas en hielo. El otoño multicolor
teñido de una gama impresionante de dorados, naranja,
amarillos y rojos, haciendo de sus bosques un espectáculo
que grita a voces la presencia del gran artista creador del universo.
Tengo la impresión de que los canadienses aman la vida
al aire libre. Desafían el frío y lo incorporan
a su quehacer deportivo. En verano los festivales de música,
teatro y danza inundan sus calles y teatros, en invierno, esquiadores
y patinadores abarrotan lagos, ríos y montañas
disfrutando en familia del deporte que les apasiona. Luego el
Cirque de Soleil, la cantante Celine Dion y el director
de cine canadiense de origen armenio Atom Egoyan acabaron por
conquistar mis apetitos culturales.
Con los años nuestro país se puso de moda entre
los canadienses. Aviones charter trasladaban por cientos a grupos
de seres felices y en pantalones cortos en persecución
de aventuras, sol y playas del Caribe. Puerto Plata abrió sus
puertas, luego siguieron Cabarete, Punta Cana y Santo Domingo.
450 mil canadienses visitan nuestro país cada año.
Vienen pálidos y añorando el calor, regresan rosados
como las trinitarias, con la cabeza llena de trenzas y el alma
inundada de nuevos ritmos y alegría. Algunos, incluso,
llegan a conquistar un nuevo amor con el mismo sabor de la azúcar
morena.
La primera vez que fui al Canadá tropecé con más
de un nativo que me hablaba con entusiasmo de mi país.
Algunos hasta habían hecho de las playas dominicanas su
lugar favorito y repetían la visita. Matrimonios mixtos
se multiplican (dominicanos y canadienses, quiero decir). Una
noche en Montreal, invitado por el embajador Fernández,
asistimos a una discoteca a ver bailar bachata. La sorpresa de
la visita fue una joven canadiense quien sin lugar a dudas fue
la estrella. Su ritmo, cadencia y gracia al bailar bachata y
merengue me dejaron boquiabierto. Una maestra consumada con movimientos
de cadera que serian envidia de la criolla mas autentica. No
pude resistir mi curiosidad y me le acerqué a preguntarle
dónde había aprendido a bailar de esa manera.
–Santiago de los Caballeros –dijo sin acento, como las ballenas
cuando se acostumbran al agua siempre cálida de Samaná.
–¿Y en qué tiempo aprendiste?
–Siete cervezas Presidente fueron más que suficiente –contestó convencida.
También para mi sorpresa fue encontrar en el corazón
de Québec un grupo de quebecuas quienes, bajo el nombre
de Plan Nagua, llevan años trabajando silenciosamente
por esa región y nuestro país. El gesto de solidaridad
me emocionó grandemente. Cada año un grupo de voluntarios
viaja a República Dominicana y pasan semanas y hasta meses
involucrados en los trabajos más disímiles ayudando
a los dominicanos de nuestra sociedad más marginada.
Pero debo reconocer que los canadienses que más me han
impresionado en el transcurso de los años han sido el
Padre Quinn, por haber entregado su vida y haber convertido un
olvidado pueblo San José de Ocoa, en modelo de desarrollo.
Ha sido este humilde hombre de Dios quien por más de 40
años, hombro con hombro con los pobladores del lugar,
ha dignificado la condición del campesino y le ha abierto
múltiples ventanas no sólo al desarrollo como persona,
sino como seres productivos y autosuficientes. No alcanzan las
palabras para agradecer su entrega. Otras canadienses dignas
de reconocimiento, las hermanas religiosas Leonor Gibbs y Ana
Nolan, quienes desde 1954 llegaron a un paraje llamado Consuelo
y con su pasión por hacer el bien, han transformado un
miserable batey, cargado de dolor y miseria, en espejo de cultura
y educación que sirven de ejemplo no sólo para
nosotros sino para el mundo. Visitar su escuela, el hogar de
ancianos y ver la manera como manejan todo el proyecto es digno
de invaluables reconocimientos
Emiliano Tardiff es otro valioso aporte canadiense a nuestra
sociedad. Misionero de la palabra de Dios canalizo a través
suyo infinidad de prodigios que testimoniaban la presencia de
Dios. Muchas almas dominicanas fueron convertidas al catolicismo
gracias a sus sermones y testimonio de vida.
A la verdad que mi profesor de geografía tenía
razón cuando, abriendo los brazos, insistía en
la inmensidad del Canadá. Al cabo de los años he
descubierto también de la inmensidad del corazón
de los canadienses y como dominicano, agradezco no sólo
que hayan seleccionado a nuestro país como destino turístico
preferido, sino los dignos y maravillosos embajadores que nos
han enviado en todos los órdenes.
Lo grito otra vez: ¡Oh, cuán grande es Canadá!
Freddy Ginebra |