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La Belleza
La barbería, más que un lugar para cortarse
el cabello, era el punto de reunión donde las personas
mayores contaban sus secretos y angustias
El primer bucle cayó al suelo y me cuentan que mi mama
lloró al verlo junto a Emiliano, el barbero. Él
se rio y prometió guardarle las reliquias de cabellos
para que ella repartiera a las tías y amigas. Me cuentan
también que esa primera pelada hizo historia. Me imagino
que mi amor por las barberías comenzó en esos primeros
años cuando la ciudad era pequeña y el mayor paseo
era, caminar El Conde, llegar al parque Independencia, devolverse
hacia el parque Colón y jugar con las palomas llevándoles
migajas de pan. El malecón era un lujo de domingos.
El olor de las barberías tiene misterio, es un limpio
diferente. Recuerdo cuando niño cuanto me impresionaba
ver al barbero amolando la navaja para afeitar a los señores
que plácidamente se recostaban. La espuma batida con brocha,
el humo de los cigarrillos, el comentario de deportes, jamás
se hablaba de política. Emiliano era cordial con todos,
en fila los cuatro barberos del lugar atendían a lo más
granado de Ciudad Nueva.
Una espléndida rubia oxigenada lavaba las cabezas y daba
masajes, arreglaba uñas poniéndole un barniz muy
de moda en esos días. Pienso que más por el barniz
lo que los visitantes buscaban era tomarle la mano a la morena
rubia, y mientras duraba la visita secretamente hablarle de amor.
–Déjese de eso, que usted es un hombre casado –decía
entre risas y propinas la manicurista.
–De lo que te pierdes –susurraba un cliente.
Cada tres semanas, religiosamente, hacía turno para mi
pelada.
–¿Bajito?
–Sí, bajito –afirmaba– y no me ponga vaselina Yardley
que brilla mucho. ¡Cuidado con el cerquillo!
En esos días las patillas había que cuidarlas.
Observaba por el espejo los rostros de los demás y me
divertía escuchando los diálogos.
–¿Y qué es de la turca?
–Nada. Parece que volvió con el marido.
–Hay hombres blanditos, a mí, una mujer me hace eso que le hicieron
y le pego un tiro a los dos.
Cuando los clientes se encontraban en mucha confianza hablaban
en códigos.
–Le compraron la finca a los Sánchez.
–Dicen que el Jefe paseaba por los alrededores y que preguntó de
quien era. Luego, según me contaron, don Alfonso se la ofreció en
venta.
–¿Y cuánto le pagaron?
–Eso no se sabe, pero la familia se mudó a Puerto Rico, salieron
de prisa.
Notaba las miradas a través del espejo, las muecas y los
nervios de Emiliano que sin darse cuenta llenaba de espuma la
boca de quien estuviera en su sillón.
–Señores, aquí sólo se habla de pelota –decía
tartamudeando.
–Shsss... Las Tijeras oyen –advertía– y cambiaban
la conversación al último jonrón de Felipe. Temprano,
antes de las ocho, Emiliano, Caribe en mano, abría las puertas. El mismo
rito de lunes a sábado, descanso los domingos.
La Belleza tenía vida. La radio jamás se apagaba,
a la una por HIZ el humor de Paco Escribano era obligatorio y
se detenían las peladas. Algunos clientes importantes
se recortaban en sus casas y enviaban sus carros a buscar a los
barberos. Entre ellos había uno que pelaba a los funcionarios
del régimen, y se enteraba de cosas, pero nadie había
logrado confesarlo. El miedo era libre y él sabía
que si algo se sabía, era barbero muerto.
El Chino era quizás de todos el más ocurrente.
Cantaba rancheras mientras ejercía su oficio. Me gustaban
sus comentarios salpicados de sabiduría popular.
–Vengo desde muy lejos, somos once hermanos y soy el único que
ha llegado a la capital, vine aquí por bandido y porque no le tengo
miedo a nada. He pasado hambre pero no me avergüenza decirlo.
Sus historias me conmovían y eso obligaba a que me sacrificara
y que del poco dinero que tenía diera propina. Todo con
tal de que me recortara lentamente y pudiera escuchar cómo
entretejía las anécdotas a las que nunca sabía
si creer completamente.
Algunas veces me pedía disculpas.
–Se siente mucho, ¿verdad?
–Me he comido unas mentas y me lavé la lengua con Astringosol
pero ese romo me sale por el pellejo
–¿Y qué pasó?-pregunté.
–¿Y qué va a ser?, anoche me encontré con una bendita
(todas para él eran benditas) y se me puso necia. No me quedó más
remedio que beber hasta que... tú sabes...
No había que comentar nada pues bastaba con su contentura
para que diera detalles de cómo, cuándo y dónde
y hasta cuántas veces.
–Yo quisiera morirme en una cama con una morena, oyendo boleros.
Y todos en la barbería le celebraban a coro.
–Chino cuéntale lo de la mocana –gritaba uno animándole.
–Ya esa se la saben todos –respondía el Chino.
–Entonces, la de la mamá y la hija que te encontraron en el parque
Julia.
–Emiliano cállese, que todavía me andan buscando –se
sonrojaba el barbero.
Cuando acababa de pelarme, con cualquier excusa me quedaba hojeando
la revista Carteles para terminar de oír las historias.
El Chino comenzó a ser mi personaje favorito y como tenía
muchos clientes, esperaba turno y me divertía.
Una mañana de sábado llegué a la Belleza
y la encontré cerrada.
–¿Y que día es hoy? –pregunté.
Un vecino con cara de susto me dijo que estaban en los rezos.
–¿Quién se murió?
–Parece que el Chino –y no me dijeron más.
La noticia me impactó de tal manera que con los ojos aguados
me fui caminando hacia el parque y me senté en un banco
a disipar mi tristeza.
Las palomas revolotearon a mi alrededor tratando de animarme
pero un dolor intenso me embargaba y me era difícil sonreír.
Mi amigo de cada tres sábados al mes estaba muerto. Secretamente
lo había incorporado a mi vida y sin que él lo
supiera, me había enseñado lecciones que en ninguna
universidad hubiera podido aprender.
Dejé pasar unos días, y cuando tuve que volver
a pelarme me armé de valor y regresé a la Belleza
con miedo a que las lágrimas me delataran. Entré en
silencio. Emiliano me saludó como siempre. El ambiente
ya no era el mismo, se podía escuchar el clic clic de
las tijeras y el raspado de las barbas. En la mirada de sus compañeros
creí ver un aire de tristeza y angustia.
Me senté automáticamente en cualquier lugar, ya
me daba lo mismo. Evité mirar el sillón vacío
del amigo, sus toallas azules que disimulaban el sucio, otra
de sus teorías, las tijeras estaban metidas en la jarra
transparente de Glostora (se la había regalado una dependienta
con la que había tenido un romance tórrido y según él
era la única mujer que lo había botado como a un
perro)
Cuando pude encontrar mi voz pregunté tratando de lucir
casual.
–¿Y de qué murió el Chino?
Las tijeras sonaron más fuertes y la voz de Lucho Gatica
en la radio cantando “Contigo en la distancia” nos
envolvió.
Dicen que la última vez que lo vieron estaba en la Mella
bebiendo cervezas con unos amigos.
–El Chino hablaba mucho y de todo –continuó Emiliano–,
siempre le dije que por la boca muere el peje, pero nadie aprende en cabeza
ajena.
Era el año 1959. Todos me miraron en silencio.
–¿Y cómo saben que está muerto? Pregunté.
–No ha aparecido y en su casa dejo sus trastes, además, tenía
viaje para su casa y nunca llegó.
–Solamente muerto dejaba de visitar a sus hermanos.
–Dios sabrá –dejo escapar uno de los barberos.
En el espejo y frente a su sillón creí ver un celaje.
Era demasiado joven para entender la muerte y también
demasiado joven para interpretar los signos y la vida, sólo
experimenté una profunda tristeza.
Nunca más regrese a La Belleza. Han pasado los años,
muchos, quizás demasiados, cada vez que acudo a mi cita
con mi nuevo barbero, miro a través del espejo y el Chino
con otras voces inventa historias, confiesa travesuras y naturalmente
como antes, ahora poblado de canas, en una complicidad secreta
y que nadie entendería, sonríe.
Freddy Ginebra
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