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¿Habré soñado a Borges?

Buenos Aires, abril de 1985
"¿Y conoce usted a Borges?" Me preguntó un periodista que acababa de conocer en el autobús, mientras íbamos a la fiesta final del evento por el que viajamos a la ciudad donde parecen flotar los fantasmas de Macedonio Fernández, Carlos Gardel y Eva Perón. "Bueno, a él, personalmente, no, pero si sé quien es y he leído alguno de sus libros, por supuesto". "¿Quiere conocerlo?" "¡¡¡Me encantaría!!!" Dije con excesivo entusiasmo, pero convencido de que todo era en vano, incluso el tic nervioso que se me desató en el ojo derecho.

"¿Usted me puede dar su dirección?" Le pedí luego de un rato, tratando de recuperar la confianza en mí mismo.

"Es cerca del hotel Plaza, en la calle Maipú 994, casi esquina Marcelo T. De Alvear. No, no lo anote, que si quiere lo llevo; siempre disfruto oyendo hablar al maestro".

"Es... es que no sé -respondí tratando de ser sincero-, pero a mí Borges me intimida. Me encantaría conversar con él, tratar de que responda todas las preguntas que tengo en la cabeza, pero no sé si estaré preparado. Jamás pensé que podría verlo..."

Había oído tantas cosas de él, sus declaraciones polémicas, su especial pasión por la ironía. Una vez le preguntaron qué le parecía el fútbol y declaró que era un deporte muy aburrido, que las peleas de gallos eran mucho más interesantes. Esto dicho en Argentina, se imaginan... O cuando le sugirieron la posibilidad de que sus obras alcanzaran la posteridad replicó rápidamente que no creía merecer tan mala suerte.

El extraño entusiasmo que tuve al principio se fue trocando en un pavor incurable. Le empecé a temer a Borges. Hacer el ridículo tan lejos de casa no estaba entre mis planes y podría destruir mi romance con Buenos Aires. Además, en ese tiempo sólo conocía alguno de sus cuentos y unos pocos poema. Sabía que era un hombre de símbolos, que le obsesionaba y yo estaba en Argentina para asistir justamente a una convención de hombres excesivamente reales. Hablaba de laberintos, espejos, tigres... ¿Y si por casualidad dejaba caer lo de que no había recibido el Premio Nobel? ¿Lo entendería?

De política no hablaríamos, ni el ni yo la entendemos. En aquellos tiempos de tanto compromiso él no se comprometió más que con él mismo y con la literatura. Había leído unas declaraciones en las que decía que lo esencial era el escepticismo y hablaba incluso de su indiferencia, para no decir su desprecio, por el menester político.

También había declarado que era ateo, que todo terminaba con la muerte. Agradecí al amigo su oferta de visitarlo y le dije que me llamara al día siguiente para coordinar una cita. Esa noche no dormí, no tenía claro si estaba feliz o aterrado, orgulloso o podrido de vergüenza.

Santo Domingo, agosto de 2002
He abierto una caja de viejos papeles. Durante todos estos años la conversación con el maestro ha estado sepultada entre viejos periódicos que reseñan su muerte. Delante de mí tengo a María Kodama, vestida de blanco, en el antiguo cementerio Plainpalais de Ginebra. Un nutrido grupo de negro impoluto la acompaña. Dos pastores han realizado el oficio. Uno católico y otro protestante. La música barroca fue seleccionada y el último poema del libro "Los conjurados", ha sido leído: "Los pies tocan la tierra. Los tres maderos son de igual altura./ Cristo no está en el medio. Es el tercero. La larga barba pende sobre el pecho./ El rostro no es el rostro de las láminas. Es áspero y judío... El hombre quebrantado sufre y calla./ No lo alcanza la befa de la plebe que ha visto su agonía tantas veces. La suya o la de otro da la mismo./ ...No le está dado ver la teología, la indescifrable Trinidad, los gnósticos.../ La Inquisición, la sangre de los mártires, las atroces Cruzadas, Juana de Arco,/ el Vaticano que bendice ejércitos./ Sabe que no es un dios y que es un hombre que muere con el día. No le importa./ Le importa el duro hierro de los clavos. No es un romano. No es un griego. Gime./ Nos ha dejado espléndidas metáforas y una doctrina del perdón que puede anular el pasado./ ¿De qué puede servirme que aquel hombre haya sufrido, si yo sufro ahora?"

Pido excusas al maestro por lo tardía de estas conversaciones, sé que lo entiende, es un hombre en cuya obra los hombres somos prisioneros del tiempo. María Kodama, su secretaria por mas de dos décadas, se seca las lágrimas y sin que nadie lo perciba se le dibuja una leve sonrisa mientras mira el féretro que desaparece frente a sus ojos. Es una sonrisa de agradecimiento, de complicidad, hace apenas dos meses que pasó a ser su esposa y en su corazón sólo hay secretos y poemas que jamás serán escritos.

Buenos Aires, abril de 1985
Borges está frente a mí. Viste un traje marrón y la corbata impecable le hace juego con los tonos amarillos discretos. Ha entrado lentamente, caminando de la mano de su ama de llaves. Ella lo deja en el sillón que está en el centro de su amplia sala de recibo y todos en silencio lo miramos acomodarse. Somos varios, es el día que recibe visitas (luego me entero que esto sucede siempre). Los turnos se van sucediendo por orden de llegada. Dos jóvenes estudiantes (muy nerviosos, atareados con libros y libretas de apuntes) son los primeros, luego que pasé mi turno ha llegado una mujer elegante y otro hombre de saco y corbata. Todos nos hemos puesto nuestras mejores galas para verlo, lástima que él no lo note.

Mi amigo el periodista se hace a un lado y se sienta en otro sillón. Los jóvenes ocupan su asiento y hacen preguntas sobre una tesis. Hablan sobre música, sobre milonga, para ser más exactos. Aprovecho para mirar descaradamente el ambiente que me rodea. El lugar me luce muy europeo. Las paredes todas o casi todas forradas de libros. Una lámpara de lágrimas en el centro, algunos objetos de plata, una mesa de cuatro sillas, sobre ella una gran ponchera de plata, un aparador, dos sofás (en uno está sentado él), un secreter, una foto de una bella dama en la pared con sombrero ladeado (supongo de los años treinta, debe ser Leonor Acevedo, su madre). El ambiente es un poco claustrofóbico y reunido todo por una cortinas blancas. En ese momento entra la mucama y coloca flores en el florero de la izquierda, cerca de unas fotos de Borges de cuando era niño. Me llama la atención la gran colección de biblias en varios idiomas, Bibelem, Biblian, Bibeln, Biblia Vulgata, Holy Bible, introducción a la literatura del nuevo testamento. Muchos títulos en inglés, Spinoza, "El mundo y el individuo", pensadores griegos por Gomperz y una cantidad de enciclopedias impresionante.

A un lado todos los reconocimientos imaginables en varios idiomas, provenientes de los lugares más recónditos. Un inmenso cuadro al óleo de dos mujeres conversando, no está firmado.

Escucho al maestro hablar en inglés con los estudiantes, deja caer un autor del 1850. Me impresiona también su amplia colección de libros de poesía. La sala está repleta, cuento ocho personas, imagino que tendrán que cerrar la puerta en algún momento, pues ya no tenemos donde sentarnos. Borges habla sin parar de cualquier tema. Es una especie de enciclopedia parlante, da fechas, recita trozos de poemas, cambia de idioma sin avisar.

En sus manos un bastón sobre el cual descansa el peso de sus manos. Varias ediciones de "El Quijote" y la poesía completa de Holderin, también "The History of Britain". De repente lo escucho cantar. Es una milonga, dice, y los estudiantes sonríen casi eufóricos. Está de muy buen ánimo y dispuesto a conversar con todos. Habla de sus viejos amigos, del 1929, de sus tertulias, de los cuentos que leían.

"Vos sos un pibe..." Dice al estudiante, luego sonríe y contesta con un numero "1899, nací ese año". Dicho con entonación y gracia. Sonrió esperando mi turno, muy nervioso. "El Quijote lo leí cuando era chico". Habla despacio mientras en sus manos acepta el regalo que le hacen los muchachos.

Lo toca como tratando de adivinar su contenido, lo acerca a sus ojos sin vida y, si no me equivoco, creo que lo huele. "Me gustan las encuadernaciones".Ahora habla de las librerías de Buenos Aires, de sus favoritas, de sus paseos entre los anaqueles. Siento calor pero disimulo. Atisbo una foto de sus padres en uno de los estantes, junto a un grupo de bandejas de plata otorgadas por universidades de casi todo el mundo.

Ahora descubro un gran ventanal y una ventana pequeña, ambas cerradas. Los estudiantes se despiden, se dan las manos, mi amigo el periodista se le acerca y me introduce.

"¿Dominicano?" El rostro del poeta se ilumina y no puedo ocultar la vanidad que eso me produce.

Esta ladeado, ahora apoya todo su cuerpo en el bastón, como si le quisiera dar un descanso al sofá. Le busco la mano y me la aprieta. No sé, me da la impresión de un abuelito que necesita cariño. Le digo quien soy, mi deseo de conocerlo, tartamudeo y el vuelve a apretar mi mano dándome confianza. He decidido robarle unos minutos. "A veces escribo en un periódico de mi país y me parece interesante llevarle esta conversación a los amigos de allá que le siguen y le leen con fervor (ahora soy yo quien deja caer la palabrita, para que él sepa que yo sé).

Estamos muy cerca, siento su respiración, mira sin verme, sonríe, noto las arrugas de su rostro, el gran Borges, el Maestro, el hombre que lo sabe todo es un viejecito tumbado humildemente en un sofá.

¿Qué significa para usted el acto de la escritura?
(Se endereza la corbata, como si ese gesto bastara para arreglarlo todo). Para mi escribir es satisfacer una necesidad intima. Publicar es lo de menos. Emily Dickinson, una escritora norteamericana, cree que el publicar es una parte necesaria del destino de un escritor. Yo creo que lo importante es soñar y escribir, pero publicar es algo que se podría dar, si o no. Ella apenas publicó dos o tres veces nada más y una vez muerta encontraron que los cajones de ella estaban llenos de manuscritos y ahora es una de las escritoras más famosas del mundo.
Publicar es importante, pero en cuanto a mí, bueno, le he preguntado a don Alfonso Reyes por qué publicar. Él me dijo: "He sentido la misma perplejidad, pero creo que he dado con la solución, pasamos, publicamos, pero nos pasamos la vida corrigiendo los borradores". Y es verdad, por ejemplo ahora he entregado un libro, "Los conjurados", y me aseguran que ese libro va a publicarse este año; pero una vez publicado no sabré qué dice, no sabré si se vende o no, si ha sido un gran éxito o enorme fracaso.

Poco después de haber publicado un libro me desentiendo de él y paso a otros temas, me parece muy enfermizo pensar en lo que ya he escrito.

¿Alguno se habrá convertido en obsesión?
(Respira y ladea aún más la cabeza). Bueno, he repetido casi todo lo que he escrito pero claro para no olvidarlo (hace pausa como repensando lo dicho). Sin embargo, un libro que puede leerse sin mayor riesgo es un libro de cuentos, de fácil lectura, escrito de un modo sencillo, sin arcaísmos o neologismos. "La arena", por ejemplo, tiene la lectura de algo en verso, bueno está también "La cifra" o "El mismo", pero no es tan importante. "La arena", que es un libro de cuentos en el vocabulario es deliberadamente muy sencillo y la sintaxis trata de evitar el hipérbaton, palabras barrocas, neológicas o aztecas. Trato de escribir en un castellano correcto pero no corriente y trato de evitar los regionalismos. A veces me veo obligado a ellos por causa de los personajes...

¿Y si usted no hubiese sido escritor?
(Soporta que lo interrumpa y gira en la conversación). Es que no puedo imaginar otro destino para mí. No me puede imaginar de otra manera. No, no (tuerce la boca y haciendo un ademán con la mano para parecer tajante), no sabría hacer nada más. Mis mayores eran hacendados, militares. Se batieron en las guerras de la independencia, en las guerras civiles, en el Paraguay; pero yo, bueno, puedo usarlos como temas para elegías, pero realmente no tengo nada que ver con ellos.

Sería muy difícil mantener un dialogo con ellos. Siempre supe que mi destino era ser literario. Luego leí que a Milton, a Kulverich y Quincy les pasaba lo mismo. Siempre supe mi destino y no me duele. Quizás la vida de un hombre de acción sea más pobre que la vida de un hombre sedentario y contemplativo. Un hombre de acción obra y no se da cuenta muy bien de lo que hace, en cambio uno puede meditar sobre la vida de los hombres y eso es un modo de vivir más intensamente. Es el único modo para mí.

¿Qué es lo que más le cuesta al escribir?
No creo que nada me cueste. Me gusta planear, me gusta soñar, me gusta dictar. A veces me cuesta trabajo dar con rimas que no parezcan forzadas, pero en realidad me gusta escribir. No puedo imaginar otro destino, sobre todo ahora que estoy ciego. ¿Qué más puedo hacer? No puedo leer, soy ciego y virtualmente analfabeto. Aún me gusta viajar porque presiento a los países.

No sé cómo hay escritores que dicen que escribir es una tortura. Pienso que será porque no tienen vocación literaria.

¿Qué significa para usted ser argentino?
He escrito poemas sobre eso, anoche justamente escribí uno. Uno siente la patria en los aniversarios, en las fechas públicas, en los discursos. Pero puedo sentirla de pronto en un sabor, en una fruta, en flores, quizás en viejos estereotipos. La patria es algo que acecha, que nos acecha gratamente. Pero yo no lo asocio a nada ruidoso ni a los símbolos tampoco.

¿Y Dios, donde lo ubica?
No se busca a Dios con un propósito ético y quizás estético, pero no puedo creer en un Dios personal y no me creo digno ni de ser castigado ni recompensado. No creo ni en el cielo, ni en el infierno; porque es una vanidad suponer que merezco castigos eternos o premios eternos. Tan vanidoso no soy. Yo lo que merezco es el olvido y eso, ciertamente, es lo que merecemos todos.

Mi abuela inglesa era anglicana, muy religiosa. Pero nunca logró que creyera en un dios personal, eso ya no importa. Ahora que lo pienso, de todas las religiones la más difundida es la enseñanza del Buda y podemos practicar esa enseñanza y no creer en un dios personal pero sí en un principio ético del universo y en la ética. Eso es un asunto personal mío y no puede ser ni castigado ni recompensado. Espinoza pensaba lo mismo. Uno tiene que querer a Dios pero no esperar que Dios lo quiera a uno. Además, ¿quién es uno para Dios? Somos algo tan insignificante como una hormiga o quizás menos.

¿Si tuviera que definir su vida al cabo de estos años?
Trato de sentir lo más posible, trato de comprender sin mayor éxito y sigo mi vocación de escribir, mi destino de escritor. Ya no tengo otro derecho. ¿Qué otra cosa me queda? Amigos ya me quedan pocos, a mis 85 años casi todos mis amigos han muerto. Recuerdo una frase de Kipling sobre el fracaso y el éxito, que dice que se debe enfrentar con esos dos impostores y nadie ha fracasado tanto, ni tenido tanto éxito como ellos. ¿No?

(Le doy las gracias, la habitación está repleta de gente y me siento observado y nervioso. "No se vaya, quédese, quédese". Me dice el maestro. "Es que tiene mucha gente esperando". "Pero... ¿puede volver, puede volver?")

Yo le iba a preguntar sobre Pedro Henríquez Ureña...
(Me interrumpe casi nervioso) Lo conocí en la Plata, él era profesor, éramos muy buenos amigos. Este país se condujo de un modo muy injusto con él. Este era un país lleno de prejuicios, de nacionalistas. A Pedro no le perdonaban ser dominicano, judío y mulato. Cualquiera de esas cosas bastaba para desacreditarlo, de modo que lo mantuvieron siempre al margen, se portaban mal con él y él sabia muchísimo.

Pedro era amigo de Amado Alonso, pero tengo la impresión de que él sabia mucho más de filología que Alonso y muchas cosas más. Pedro me tomó muy en serio, era mi amigo de verdad. Recuerdo que escribió un articulo sobre mí cuando nadie me tomaba en serio en este país. Él y Alfonso Reyes fueron muy generosos conmigo.

¿Cuándo fue la última vez que lo vio?
Recuerdo el último dialogo, fue en una esquina del Río Bamba y Córdoba, no muy lejos de aquí. Discutimos aquellos versos del anónimo sevillano, que es de fines del siglo XVII: "Oh muerte ven callada como sueles venir en la Saeta", que son admirables, "o en la tonante máquina preñada de fuego, y de un rumor que no es mi casa, de doblados metales fabricada... Entonces yo le dije a Ureña que esa imagen de la muerte que llega callada como una flecha tiene que ser como de algún latino, me parecía una imagen latina y no española. Además en aquel tiempo era muy común usar usos latinos intercalados.

Me prometió que averiguaría eso, a los diez días murió frente a la Plaza de la Constitución de un paro cardiaco. Esa fue mi última conversación con él. Murió en plena función pedagógica, porque iba a dar su clase de literatura castellana en la Plata y él corrió para tomar el tren, viajaba con el doctor Cortina...

Los que esperan se impacientan y lo interrumpen. Me pongo de pie. Me hubiera gustado seguir hablando con el maestro, pero los demás no me lo permitirán. Borges también desea seguir conversando sobre Pedro Henríquez, lo noto cuando me toma la mano otra vez. Esa tarde, en el avión, creí que todo había sido un sueño, que jamás lo conocí. Pero el olor de la casa y la presión de los dedos cuando me tocó por última vez eran una prueba irrefutable. Cuando salgo a la calle el sol me dio en el rostro y escuché un tango. ¿Habré soñado a Borges?

Freddy Ginebra