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Las cicatrices del tiempo
El cuerpo también es un mapa de lo que se ha
vivido, por eso unas ingenuas preguntas hechas por un nieto
pueden provocar una gran reflexión
La niña puso su manita en la barbilla y lentamente recorrió el
rostro con sus pequeños dedos, como descubriendo la geografía
de aquella sonrisa que amaba tanto.
–¿Y ésa? –preguntó.
–Ésa –respondió la mujer mirándose en él–. Ésa
fue cuando tu abuelo se fue al cielo, es la más profunda de todas.
–Entonces, ¿a mí me saldrán también?
–Sí, a ti también.
–¿Y a mis amiguitos? ¿y a tía Sandra? ¿y
a mis hermanitos? –preguntó sin parar.
–A todos, si Dios lo permite –le interrumpió la abuela–.
Es una dicha tenerlas, es como un premio a una larga vida –y aquí entrecerró los
ojos y su mirada se llenó de ternura, contemplando a la nieta que sentada
en sus piernas la interrogaba sobre cada una de las arrugas que surcaban su
rostro.
–Entonces –continuó la señora–, cada uno de
estos pequeños surcos que marcan mi vida, tienen una historia. Algunas
son alegres otras no tanto, pero sumadas, son como un resumen de todo lo que
ha sucedido a lo largo de mi existencia.
La niña la miraba entusiasmada. Le gustaba escuchar lo
que su abuela tenía que decir de cada una de esas “cicatrices
del tiempo”, como ella las llamaba, pues en cada visita
la abuela cuando quería dormirla, la sentaba en su regazo,
inventaba una historia donde narraba la vida de la familia y
de cómo habían llegado al día de hoy.
–A ver abuela, cuéntame de nuevo, sobre las arrugas de tu frente.
–De tanto pensar, te dije. Tu abuelo, que era un hombre muy trabajador,
decía que eran las marcas de todos los años transcurridos de
felicidad juntos.
Entonces ella iba cerrando los ojos y sin darse cuenta se quedaba
dormida. Envejecer es una dicha, un privilegio. Esto lo pienso
a la luz de los años recorridos. El otro día alguien
que tenía muchos años sin verme y mucho más
joven que yo, se asombró de lo viejo que estaba, pero
no se atrevió a decirlo directamente.
–Los años no te pasan –me abrazó y leí en
su actitud: “¡Que acabado estás!”–. Estás
igualito que antes –insistió mintiendo piadosamente, mientras
me examinaba de cabeza a pies, acentuando su mirada en mi calvicie, la barriga
desgarbada y terminando en el grosor de los lentes.
–Fíjate que estás bien –decía con la boca
y con el gesto, le leía lo contrario. Sonreí para que viera aún
los dientes del colegio, los originales. Los miró de reojo con cierta
duda, los hacen tan perfectos en estos días, cualquiera se confunde.
–Es cierto –le dije–, los años no me pasan, sino que
me atropellan, pero trato de disimular. He tenido que dejarme abandonar un
poco pues, imagínate, si a esta edad me mantengo tal cual estaba, no
resistirían las mujeres y ya no estoy para eso.
El joven no sabía si reírse o tomarme en serio.
Acabó diciendo: “tú no cambias e intentó otro
tema”.
–Si quieres quedar joven para siempre, sólo tienes un camino.
–¿Cuál? –preguntó.
–Te recomiendo que te mueras joven, es la única salida y te garantiza
una juventud eterna. Todos te recordarán en tu mejor forma.
Torció la boca, la sugerencia le pareció insultante
y por el ademán supuse que al igual que yo, dentro de
sus años atesoraría un par de docenas de arrugas
y otras dolencias más entre las cuales estaría
una discreta pérdida de dentadura, una calvicie parcial,
un lumbago, pérdida de memoria, colesterol, incipiente
diabetes y parálisis de alguno de sus miembros. Nadie
se escapa de pagar el precio. James Dean, de apenas veinticuatro
años, quedó inmortalizado como un apuesto joven
en la mentalidad de todo el pueblo norteamericano y del mundo.
La exuberante Marilyn, la rubia más publicitada y deseada
del planeta, cuyo cuerpo desnudo sobre un rojo de terciopelo
en los almanaques de su tiempo, sin arrugas, ni artritis, ni
problemas de edad, quedó para siempre en toda su belleza
como modelo idóneo a imitar. Pagaron una cuota demasiado
alta, la más alta, dejándose sorprender por una
muerte violenta en la plenitud de sus vidas. En la memoria de
quienes en su tiempo los admiramos viven en una eterna juventud.
Sería incapaz de imaginarme a una Marilyn sin dientes,
o con sus altivos pechos cayendo en picada.
La vejez es un premio, tiene gracia si se asume con responsabilidad.
Cada edad tiene su encanto, dice mi mama constantemente, y no
lo entendí hasta que llegué al encanto de la tercera
edad.
Sólo hay que escuchar las conversaciones de todos aquellos
que felizmente han logrado pasar de cierto límite, que
mirándolo bien, como está el mundo y las enfermedades
que se multiplican, las guerras psicológicas y reales,
la presión para sobrevivir es inmensa. Pasar de cierta
edad es casi un milagro, se necesita vocación de superviviente.
–¿Cómo te fue en tu último examen?
–Ahora estoy bajo de sal, el médico me prohibió el cigarrillo.
Ni hablar del alcohol. Sin grasa por supuesto.
–Con esta prótesis apenas puedo masticar la carne. ¿Azúcar?,
la he eliminado de mi vida. Mi ciclo de sueño ha disminuido, con 4 ó 5
horas tengo suficiente.
El otro día un amigo de mi edad se encontró con
otro del mismo ‘team’ en un hospital. Ambos se miraron
con alegría, entendiendo que los constantes análisis
eran ya parte de la rutina existencial. Que si el PSA para la
próstata, los triglicéridos... ni hablar del colesterol.
–¿Que cómo va todo? –preguntó el más
espigado. (Lo de espigado es por un corset que lleva debido a un desvío
de columna).
–Aquí, saliendo de un derrame.
–¿Un derrame? –exclamo asombrado–. No me digas y... ¿cómo
es eso? ¿Qué pasó?
–¿Cómo que cómo es eso? –respondió el
derramado y agregó de inmediato: –Ya a esta edad, no hay paperas
ni sarampión, tampoco varicela. Lo nuestro son derrames, cáncer,
infartos, trasplantes de órganos y con suerte una que otra neumonía.
Los viejos nos morimos a plazos.
Ambos se abrazaron y celebraron solos el día.
Azorín decía que el viejo es un enfermo sano. Saber
envejecer es importante, es como la última lección
recitada frente al Maestro antes de pasar el curso de la vida.
Ese gran cineasta sueco que es Ingmar Bergman dijo en algún
momento de su vida algo que me impresionó mucho sobre
envejecer y que apunté para no olvidar: “Envejecer
es como escalar una gran montaña; mientras se sube las
fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista
más amplia y serena”.
¡Ah, mis abuelos! Tres de ellos murieron después de los noventa.
Tenían, cada uno en su estilo, una gran sabiduría. Tuvieron la
dicha de ver no sólo sus nietos sino también sus biznietos. Regresaron
cansados luego de haber cumplido la misión de educar a sus hijos, de
enseñarles a ser buenos seres humanos y ciudadanos honrados. ¿Y
qué más? Me pregunto yo. De eso se trata la vida.
Una arruga es señal de haberla vivido. Son como medallas
ganadas en la batalla del tiempo que nos ha sido marcado. Se
es viejo cuando quizás hacemos del pasado protagonista
de nuestra cotidianidad y olvidamos mirar el futuro con alegría.
Cuando perdemos la ilusión por los pequeños detalles,
cuando olvidamos sonreír, cuando hacemos de las heridas
cosechadas en el camino escudos para justificar las ausencias
y excusar nuestra incapacidad de enfrentar los retos.
Cuando se llega al atardecer de la vida, agradecidos debemos
de estar al creador, agradecidos por cada cicatriz marcada en
el cuerpo, por la cosecha realizada en el camino, por la oportunidad
de haber existido y no preocuparnos, que así, con la mirada
sosegada, nos sorprenderá el regreso y entenderemos todo.
Freddy Ginebra |