El Cristo que nunca pintó Paul Giudicelli

16 junio.
Ayer fui a visitar a Tío Pol y estaba mal. El cáncer implacable sigue avanzando. Anoche bombardearon la ciudad y aún no tengo noticias de cómo están las cosas por la casa. Tengo entendido que no dejan cruzar a nadie por la frontera y que los militares de ambos lados están violentos y nerviosos. Hablan de muchos muertos y de que la revolución ha sido vencida. Hay tantas cosas que no logro comprender, que me da vergüenza decírselas a mis amigos.
El Colegio de la Salle está lleno de refugiados. Me da la impresión de que estoy viviendo una película en el cine Olimpia o el Santomé. A lo lejos se escuchan disparos, a los cuales ya se acostumbra uno. Explotó un polvorín. Los constitucionalistas tomaron la radio. Están divididos en comandos... Montes Arache, Francis, son nombres que suenan con alegría o rabia. Muchos decidieron quedarse en sus hogares y colaborar con la revolución. Otros lo abandonaron todo y salieron.
Desde su lecho Tío Pol pregunta:
"¿Y cómo va la cosa?"
"Bien -le dice Sara, su compañera-, bien."
Pide que lo lleven al balcón de noche para romper con el tedio de la cama que lo esclaviza. Prefiere la noche pues no quiere que lo vean. Frente a su casa vive Caamaño y de vez en cuando intercambian saludos. La gente lo quiere y lo respeta.
Mamá Paulina, mi abuela materna, no le teme a las balas. Le han pedido que no salga al balcón de noche como tiene costumbre pero ella no hace caso. Dice que las balas no tienen su nombre. Apoya a la revolución.
La morfina se acaba y no hay comunicación. Estoy en el Colegio y me entero de que una ambulancia va a entrar a recoger heridos y llevar medicinas. Hablo con el hermano Pablo, director de la Salle, y le planteo mi angustia: "Mi tío, el pintor, tiene cáncer en fase terminal y no le quedan medicamentos". No hay manera de socorrerlo pues han cerrado los lugares de entrada, sólo dejan pasar médicos y ambulancias. A los pocos minutos el hermano Pablo había arreglado que me autorizaran a viajar en la ambulancia. Le pido que me deje ir solo, es muy peligroso y no quiero que se arriesgue.
"Soy solo -me dice-, no creo que nadie llore mucho por mí".
Nos montamos en la ambulancia y logramos que nos dejen entrar, no sin antes revisarnos minuciosamente. Cuando niño siempre me habían llamado la atención esos vehículos blancos que atravesaban la ciudad con su sirena. Tengo miedo. El hospital padre Billini está hecho un desastre. Las monjitas con sus hábitos manchados de sangre se mueven de un lugar a otro. Alguien me da una libreta para que apunte los nombres de los muertos para informarlos a través de la radio. No logro concentrarme y le paso la libreta a otro voluntario.
El chofer de la ambulancia nos lleva y desde la Nouel vamos por la Santomé doblando por El Conde en dirección contraria y, haciendo lo mismo, entramos por la Sánchez hasta la numero 70 donde vive mi familia. Le digo al chofer que me espere.
La calle El Conde está llena de hoyos, el edificio en la esquina Sánchez tiene socavones de morteros. El Tío me está esperando, tiene la bata nueva de mi papá que le traje de regalo, luce pálido y desgastado. Sara lo acompaña. Mamá Paulina llora disimuladamente y se seca las lágrimas. Yo también tengo deseos de llorar pero me contengo. Me armo de un valor que invento y hablo decidido diciéndoles lo que hay que hacer.
"¿Hay mucha gente en la calle?" Pregunta Tío Pol.
"Sí. La gente está un poco nerviosa pero no te preocupes, que conseguí una ambulancia para el traslado".
"No quiero que me vean así", dice el artista.
Lentamente desciende las escaleras ayudado por Sara y tío Gaspar. Ensaya una sonrisa.
"¿Cómo me veo?"
"Bien, muy bien, eres un artista".
Salimos a la calle y la gente del vecindario nos mira en silencio. Pareciera como si se hiciera un paréntesis en el conflicto para que el artista haga su salida triunfal. Tengo un nudo en la garganta, pero debo ser fuerte, soy fuerte, muy fuerte.
Tío Pol se arregla la bata, trata de caminar derecho haciendo esfuerzos tremendos. Saluda a los amigos, lo aplauden, mira al balcón donde está Mamá Paulina y le sonríe como diciendo es solo un paseo, volveré luego.
Tío Gaspar lo abraza y le dice cosas que no logro entender. Se dan un abrazo.
El chofer de reversa busca El Conde para comenzar a salir de la ciudad. La sirena me ensordece. Tío Pol, agarrado a la mano de Sara, no deja de sonreír. Tía Angelita y Mamá Paulina agitan sus manos como queriendo detener el tiempo y agarrarse a una esperanza que se diluye en una mañana con sabor a pólvora y sangre. Entonces descubro que la muerte no es el máximo dolor, que hay ensayos, como éste, que adormecen el alma, oscurecen los destellos de luz y te sumergen en un perenne padecimiento.
La ambulancia toma la avenida Independencia con cierta velocidad. Comienzan los tiros y tenemos miedo, no hay seguridad de que nos dejen salir. Nos mandan a parar y el chofer no hace caso. Una ráfaga de ametralladora nos detiene. Un miliciano fuera de sí nos grita, apuntándonos con el fusil. Temblamos. El hermano Pablo trata de explicar que llevamos a un enfermo grave, el miliciano grita más y nos amenaza. Pide que le abran la puerta de la ambulancia y obedecemos. Temo lo peor.
"Es Giudicelli, el artista". Dice alguien.
"¿Y qué le pasa?" Pregunta el militar.
"Está enfermo".
"Excúsenme, es que no hemos dormido. Las cosas están difíciles y no confío en nadie. A esa gente no se le acaban las balas... Giudicelli es de los nuestros, claro, de los nuestros. Váyanse rápido que la cosa está jodona y va a empeorar".
El primer lugar al que llegamos fue la clínica Gómez Patiño. En la puerta me encontré con Margot Carias quien desesperada salía pues su hermano también estaba enfermo. La clínica está llena y no reciben a nadie. Lo llevamos al Colegio de la Salle y habilitamos una aula en el primer piso de primaria. Me voy a buscar una cama y sábanas.
La Clínica Internacional había sido bombardeada. La recorro entera y no hay nadie. Encuentro una habitación en perfecto estado y la tomo de inmediato. Traslado al tío con Sara y llevo las cosas necesarias. Un amigo mío, estudiante de medicina, Milton Cordero, se puso una bata y lo recibió como médico para que se sintiera en buenas manos.
"¿Qué te falta?" Le pregunto.
"Un helado".
"Eso es muy fácil, pídeme otra cosa".
"Un helado, solo eso".
Tío Pol miró agradecido al hermano Pablo y levantando la voz le dijo:
"Cuando me sane, le voy a pintar un Cristo como usted nunca ha visto. Uno diferente, lleno de luz..."
Algo extraño sucede. Pasadas tantas cosas, una absoluta tranquilidad me invade. Al ver a Tío Pol en un hospital creado para él, me siento como el productor de un espectáculo donde la escenografía y los actores responden perfectamente al diseño del montaje. Escapo mentalmente de uno de los momentos más dolorosos en mi familia jugando como siempre frente a la impotencia del drama que vivo. El misterio de la muerte me enfrentaba a las mil preguntas a las cuales nunca he encontrado respuesta. Entonces, ¿la fe?

Al amanecer Sara me llama por teléfono.
"Ven pronto, se nos muere, se nos muere..."
Cuando llego, Sara lo tiene abrazado y tío Pol, como buen artista, se apresura a buscar al Cristo para pintarlo en la eternidad. En el exacto momento en que abro la puerta, con su sonrisa de siempre el Tío nos dice adiós.

20 de junio.
Llueve. En estas circunstancias la lluvia es muy buena compañera. Tomo las riendas y comienzo a organizar el entierro. Mi abuela Marina se ocupa de los rezos. Habilitamos un garaje para el velatorio. Aviso a sus hijos que no pueden llegar, pues uno vive en el extranjero como embajador y el otro anda por Santiago y con lo difícil que está todo no puede llegar a tiempo.
No encontramos ataúdes, demasiado muertos en esta temporada. Mi papá me llama y me dice que compró uno que llevaban para San Cristóbal, que tuvo que ofrecerle mucho dinero, pero que ya lo tiene. Ironías de la vida. Quién iba a decirle al padre de la pintura moderna que sería enterrado en un ataúd que ni siquiera era para él. Es un velatorio corto. La lluvia no para, como si solidaria llorara mientras pasa la camioneta con el cadáver de Giudicelli.
Por mi mente pasan sus manos manchadas de colores, su traje gris de las exposiciones, sus paseos en la tarde por el Conde, su cabeza reluciente, su pobreza, su pasión, las monjitas del asilo y los dulces en su cumpleaños, su alegría cuando estaba satisfecho al terminar un cuadro... "Ven, ¿qué te parece?" Su discreción in extremis, el cuadro de Cecilia y Angelita, Sara (su musa favorita en infinidad de dibujos), el día que pintó el mantel donde comía, la tarde en que me regaló un diablo cojuelo, los murales de las grandes ventanas de la casa de la calle Sánchez, sus mosaicos, sus experimentos fallidos, su silencio, su enigmático silencio, como si guardara secretos insondables, su miedo a los aviones, su insatisfacción con el sistema imperante, sus tardes en la cafetería donde se reunía con Ramírez Conde y otros colegas, su pequeño universo de pinceles, lienzos, pocos amigos y su familia... ¿Para qué más?
En solidaridad el cielo sigue llorando. La precariedad del momento impide que muchos vayan al cementerio. Mi papá preside el último viaje. En el camino nos detienen y nos obligan a abrir la caja.
En el cementerio de la Máximo Gómez, en la tumba de la familia Giudicelli están depositados sus restos. De vez en cuando Sara lo visita y le deja una flor.

Freddy Ginebra