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Dios
nació en Samaná
Hasta mediados del siglo XX, los viajeros solían
hacer un minucioso diario donde contaban cada detalle de los
lugares que conocían. Las fotos Polaroid y las cámaras
de vídeo acabaron con ese género literario que
ahora revive aquí, durante unas soleadas vacaciones.
Dios nació en Samaná y pasó su
eterna juventud en Las Terrenas.
Esto pienso mientras observo mi dedo gordo del pie izquierdo
sobresalir del agua y espero sumergido en el mar que el sol acabe
de retirarse en este espléndido atardecer donde el Atlántico
y las nubes se besan apasionadamente. Las vacaciones son para
eso, para divariar, para perder el tiempo, para soñar
con lo que no podemos imaginar en el trajinar diario. Un pececito
azul saca su cabecita del agua y me saluda en perfecto inglés
y, desde muy cerca, veo como una bandada de “playeritos” realiza
complejas maniobras rompiendo la estricta línea del horizonte.
Las olas han desaparecido discretamente y sólo mi cuerpo
mueve al agua produciendo una rítmica melodía que
hace juego con el baile de un grupo de cangrejos borrachos de
sol en la arena. Mi horario es medalaganario. Un día despierto
a las seis, otro a las nueve (es lo más tarde que he podido)
y... directo al mar. Luego un desayuno que me prometo austero
pero que traiciono y quizás una siesta mirando los cocoteros,
leyendo un libro, sin entender o entablar una relación
amistosa con el primer turista que me pregunta que dónde
están las toallas. Me es imposible dar respuestas sencillas.
De inmediato explico que soy publicista, que estoy de vacaciones
con mi esposa y que si van por la capital quisiera que fueran
a Casa de Teatro a disfrutar de los mejores artistas nacionales
e internacionales.
Francis, el chef del hotel, es mi amigo. No pude aguantarme y
llamé al finalizar una espléndida paella donde
sobraba de todo. “Mira Francis, tú eres un artista –le
dije–, he comido aquí una semana y todo me gusta. ¿Quién
hace los postres? Es lo único que no me gusta”.
Lo sorprendí.
“Dígame lo que quiere y se lo hago” Ofreció.
“No, no me gustan porque hubiera querido hacer dieta y me los como todos”.
Explotó en una carcajada y casi nos abrazamos a bailar
un rigodón, que según tengo entendido es lo que
bailan los franceses que saben cocinar.
Mi vida a cambio de dos preguntas
Camino por la playa y hago silencio. Le cuento a Dios mis secretos,
pienso en mi familia, mis amigos, en lo lindo que es vivir,
me prometo cambios; aunque de antemano sé que sólo
durarán mientras estoy de vacaciones. Me digo mentiras
y lo peor es que me las creo.
Saludo en alemán, en italiano, en inglés, en búlgaro
y hasta en griego. Según la pinta del turista que me pasa
por el lado. Nada como la amabilidad de los dominicanos, me digo
lleno de vanidad. Secretamente agradezco el que hayan seleccionado
nuestra isla como punto de disfrute. Cuando puedo y en las noches,
les hago preguntas para saber cómo se enteraron de nosotros
y qué los motivo a venir. Naturalmente, a cambio les confieso
casi toda mi vida y en algunas ocasiones hasta he ofrecido mi
casa si repiten. Lo sé, no está bien, pero a mi
edad, se disculpa. Siento que este país es mío
y que soy el obligado anfitrión.
Emilio
A Emilio lo conocí en la playa. Me sorprendió verle
con maletín y sombrero. Un joven de 32 años. Al
principio me hice el que no lo vi, pero mi esposa, que nunca
se antoja de nada, lo llamó para ver lo que vendía.
Le dimos la oportunidad de hablar y resultó ser un vendedor
sorprendente. Sacó todo tipo de “joyas”, collares
ensartados con piedras preciosas, dice él, este collar
de caracoles es muy buscado por los turistas y tengo de todos
los precios. “Si quiere aretes, lo hacemos aquí mismo,
en su presencia”. Mi esposa compró un collar exclusivo,
que he visto miles en cuanto gift shop existe en Santo Domingo.
Hubo que hacerle algunos arreglos pues ella lo quería
más corto, lo que aproveché para conversar y enterarme:
“¿Hijos? Tengo tres y mi esposa se llama Santa. Soy de El Limón”.
Mientras ensartaba una piedra y quitaba otra y luego media en el cuello y luego
volvía a trabajar, continuaba hablando sin parar. “Fui a la capital
a trabajar de plomero con mi hermano”. Espero que continúe, él
guarda silencio y mantiene el suspenso.
“¿Y?” “¿Y qué?” Me pregunta. “¿Qué pasó?” “¿Por
qué volviste?” “Mire, yo nací aquí, aquí están
mis hijos, allá puedo ganar más, pero en este lugar me siento
más seguro. Dios sabe lo que hace, en El Limón está todo
lo que yo quiero y no necesito más. Ya tengo mi casa de blocks y con
lo que gano soy feliz”. Ahí pasó a recitarme un versículo
de la Biblia y me regaló una larga sonrisa.
Eddy
Luego, caminando por la playa conocí a Hedí, el
pintor. Su galería es la arena y allí expone majestuosamente
sus cuadros y sus trozos de coco pintados con los más
estridentes colores. “¿A cómo los vende?” “Esos
a 150 pesos”. Me dice señalando unos pequeños
en los cuales se aprecia un enorme framboyán y una casita
de campo. “Tengo otros con palmeras y playas que gustan
mucho”. “¿Y estos Higueros?” “Esos
son a 100, lo mismo que los yaguasiles”. Disfruto la exhibición
como si estuviera en la más sofisticada galería
de arte de París. Me siento cómodo en traje de
baño y descalzo. Rodeado de mar, cielo y mucho sol. “¿Tienes
tiempo pintando?” Eddy asiente con la cabeza y finalmente
deja escapar un “como quince años”, entre
los dientes. “¿Eres de aquí?” “Soy
limonero”. Me dice como para que quede claro y agrega: “mi
familia vive conmigo, tengo cuatro hijos que mantener y vivo
de la venta de mi trabajo. La cosa está floja, hay poco
turista y ya usted sabe que se le pone a uno difícil”.
Compro dos yaguasiles que me gustan, le tomo una foto y le prometo
que nuestra amistad apenas comienza. Eddy se ríe: “Ojalá así sea”,
dice y se ve por un trecho idéntico a los que él
pinta.
Normita
El hotel Portillo donde estoy está rodeado de un magnifico
jardín. Los espacios impresionan por lo bien cuidados
que están. Normita, El hada de la clorofila, es la responsable.
A Normita la conocí muchos años atrás cuando
era estudiante. Nuestra amistad fue creciendo con los años
y ella desapareció una tarde cuando decidió hacerse
también diosa del mar y quemó sus naves citadinas
mudándose a Las Terrenas.
Es una mujer diferente, habla con los animales, le cuenta sus
penas a las buganvillas, los perros realengos habitan su casa
y en las noches se convierte en estrella para brillar para todos. “Me
alegra tanto verte”, le digo mientras la abrazo. “Has
ido a El Limón?” Niego con la cabeza. “Pues
mañana tú y Miri se van conmigo, es algo que tenemos
que disfrutar juntos”. La camioneta del hada se parece
mucho a su tipo de trabajo. Ella trae consigo una botella de
vino, agua para todos, papitas, panes, refrescos y dos niños
que recogió en el camino y forman parte del tour.
“Maneja tú”, me dice, montándose en la parte de atrás
con los niños. “Pocas veces tengo un chofer tan importante”,
se burla. “Yo te dirijo, dejamos el vehículo y desde allí a
pie hasta la chorrera”. “Lo que usted diga. Me gusta el papel de
chofer del hada. A la vera de la carretera dejamos la camioneta. Normita conoce
a todos. Un campesino la abraza y le pregunta por las matas o los perros o
el barrancoli. Hablan en códigos. El sendero es impresionante. Los cocales
de lado y lado. El río es la ruta y lo bordeamos mientras caminamos.
Pequeños saltos que producen cascadas musicales nos acompañan.
En algunos lugares los árboles se juntan en lo alto formando un techo
verde, dándonos la impresión de estar en una enorme catedral
del bosque donde habitan los sueños y se filtran mágicos halos
de luz. Todo tipo de helechos, bromelias exóticas, manaclas, oreja de
ratón, acaulis, café, cacao...
Un perro que surge de la nada se une a la comitiva. El cielo
dibuja nubes que sugieren la existencia de ángeles. Vamos
despacio, contamos las hojas, descansamos, hasta que sin darnos
cuent, luego de bajar una enorme pendiente, chocamos con el paisaje
esperado. Desde lo alto cae un chorro enorme de agua sobre una
pared de musgo verde. La caída es todo un espectáculo,
en silencio nos metemos al agua extremadamente fría y
desde abajo disfrutamos de uno de los baños más
exóticos y espléndidos de la isla. Los nativos
del lugar, rodeados de turistas italianos, alemanes y españoles,
disfrutan de la fiesta acuático. Nos comunicamos en el
idioma de la contemplación. Emprendemos el regreso. El
perro que nos acompaña se llama Otelo y nos mira diciendo “¿Vieron? ¿Qué bonito
verdad?” En nuestros rostros está marcada la huella
del esplendor. Truena, parece que va a llover. Los truenos son
sincopados, como si Guarionex, Isidro y Duluc, nuestros percusionistas,
insistieran en el más vibrante concierto de palos desde
lo alto. Caminamos en silencio disfrutando lo vivido. Dios, me
imagino, es nuestro cómplice y de la emoción comienza
a llorar.
Freddy Ginebra |