Así son ellos

Desde mi adolescencia, no sé por qué, tendía a imaginarlos como dioses de un olimpo muy particular. Edmundo de Amicis el autor de “Corazón”, a mi entender era el ser más inteligente y creativo. Fueron muchas páginas manchadas con lágrimas mientras leía aquellas narraciones de niños héroes en las cuales siempre triunfaba el bien. A Dostoievski lo imaginaba siempre en invierno viviendo en algún sótano y escribiendo ante un candil largos manuscritos que lo harían inmortal. Nieve, frío y difíciles momentos eran sinónimo del espíritu literario ruso.
Según fueron pasando los años comencé a conocer algunos de mis ‘dioses’ literarios, me di cuenta que los escritores al igual que yo eran simples mortales con la única diferencia que mientras nosotros simplemente vivíamos, ellos no sólo existían sino que inventaban la vida.
La primera vez que en casa de tía Zaida me encontré con Sanz Lajara, escritor dominicano, de quien había leído “Los rompidos”, no pude quitarle los ojos de encima. Apenas tenía trece años, la tía conociendo mis afanes literarios me llevó para que le diera la mano. Tenía barba, que era la imagen idónea de un escritor, bebía whisky, hablaba en prosa editada. Si la memoria no me traiciona creo que fumaba pipa, ajustándose a la imagen que tenía de un escritor. Durante toda la fiesta miré cómo se movía, disimuladamente escuché para ver si captaba alguna frase, algo trascendente que marcara mi vida y me diera la clave para escribir como él. Esa noche juré que sería escritor, pero mi vida efervescente y gregaria diría al transcurrir el tiempo lo contrario. Sospecho me gustan demasiado las fiestas y el contacto directo con la gente.
Para escribir hay que separarse del mundo, guardar silencio, observar, pensar. Es una vida muy sacrificada que tienes que amar mucho, de lo contrario nunca podrás poner en papel o computadora, algo que valga la pena.
A Pedro Mir, lo hice mi amigo, lo admiraba demasiado y respetaba su inquebrantable manera de pensar.
–Acabo de terminar su libro sobre Limbert –le dije al teléfono emocionado.
Y noté cierta tensión del lado del autor.
–Me ha gustado mucho –escuché su risita complacida–, como estamos en huelga general, la ciudad está detenida en el silencio, me gustaría ir a visitarle y comentar algunas cosas.
Ven para acá de inmediato que te espero con gran alegría. Carmita nos hará un café y ya veremos que otra cosa surge.
Al llegar una botella de Metaxa, especie de brandy griego recién abierta me esperaba. Entre sorbo y sorbo el autor disfrutó de mis comentarios y me contó las anécdotas de cómo había surgido el libro, de su miedo por la incursión en el género novela y de sus expectativas.
La primera vez que hablé con Mario Vargas Llosa fue en Casa de Teatro. Llegó bien protegido por una especie de guardaespaldas. Le di la mano, él es el director de la Casa, le comentó alguien, mostró su sonrisa. Creo estaba nervioso. La Casa estaba repleta de gente, Vargas Llosa acababa de separarse de la izquierda y su actitud había provocado ronchas en una juventud dominicana que seguía ciegamente la revolución cubana, había gente hasta en los techos. Pensé algo ocurriría. Se defendió y defendió su posición con inteligencia, jamás le falló la voz y sin perder la compostura contestó las preguntas más ácidas. La segunda vez que lo vi nos encontramos en un ascensor en Buenos Aires.
–Mario –le dije como quien ya lo siente su íntimo–, soy Freddy, el dominicano.
No me dejó continuar y de inmediato me reconoció. Preguntó por Balaguer, por Bosch y Peña, di los detalles sin entrar en chismes, luego lo vi de nuevo en Casa de Teatro una tarde que José Israel lo llevó a tomar café. Otro día regresó a ver “La Chunga” una obra suya que montara Gratey en su honor.
–Quisiera hacerte una entrevista –me atreví.
–Ahora estoy en el libro de Trujillo –me contestó. Estoy recabando toda la información posible, es un trabajo duro.
–Y si te las escribo y cuando puedas me las contestas –insistí.
–Bueno –casi comprometido dejó caer. Para su sorpresa le entregué veinticinco preguntas de inmediato.
–No pierdes tiempo –con la misma sonrisa de la primera vez contestó.
Se las puso en su bolsillo y yo disimuladamente le ofrecí otra copa de vino.
La noche de la cena en casa de los Cuello me acerqué con la esperanza de que sus respuestas me esperaran. Cuando le pregunté, el autor sin abandonar la sonrisa de la primera, segunda y tercera vez me dejó caer.
–Más que una entrevista pienso que quieres hacer un libro sobre mí.
No dijo más y entendí que el caso estaba cerrado. Me reí con una carcajada que había aprendido en mis tiempos de teatro en el colegio y pensé que siempre habría otra oportunidad.
–Con Antonio Gala, por favor.¿Es usted?
–No, soy su secretario.
–Es para invitarle a Santo Domingo a dar una conferencia para un encuentro de intelectuales y queremos que el señor Gala sea el cierre magistral (esto por aquello del ego que todos tenemos).
Después de cambiar doce veces el itinerario aéreo, hacer exigencias tales como que lo recibiera el embajador de su país, el arzobispo si lo hubiera, que el automóvil fuera refrigerado, que al acabar su conferencia: casa en la playa mirando al mar, que nadie grabe lo que digo bajo amenaza de abogados y mantenerme en vilo hasta detestarlo, llegó al país bastón en mano y bufanda al cuello. El secretario le seguía a tres pasos de distancia. Esa noche, para armonizar le invité a Casa de Teatro a un sancocho y una función de ballet.
–Estoy muy cansado –me dijo.
El sancocho y el ballet en su honor se dieron de todas maneras, soy de los que celebra con o sin motivos, la vida sigue.
Cuando ya cerrábamos el local, fresco cual rábano o lechuga –seguido por el secre, siempre a tres pasos de distancia–, apareció Antonio, majestuoso.
–Hola Freddy, no podía dormir –y entrando seguido por el secre me saludó el autor–. Linda casa –creo exclamó.
Y comimos sancocho y casi amaneció haciendo preguntas y anécdotas. El león había dejado de rugir y el trópico parecía haberle transformado. Una vez más di gracias secretas al salitre del Caribe. Su conferencia fue magistral y una que otra Navidad recibo una tarjeta firmada por Antonio desde España, imagino debe ser él.
A Manuel Vicent tuve el honor de presentarlo en el Centro de Cultura Hispánica. Es un escritor que persigo casi todas las semanas por sus artículos en El País. Sus novelas al igual que las de Padura, las aplaudo cuando las termino.
Le di la mano esperando escuchar su voz. Nada. Me fui en elogios y luego le invité a Casa de Teatro. Por cortesía aceptó. Caminamos toda la Casa, le ofrecí un trago, tomó agua y en el mismo silencio de la noche, dijo buenas noches y desapareció.
Sigo leyéndolo con fervor, ¡caramba, si lo hubiera escuchado hablar!
Antón Arrufat, el escritor cubano reaccionó diferente. Nos hicimos amigos en la feria del libro, no paré de contarle sobre el país, lo llevé a cuantos lugares pude, le presenté a mis amigos, lo invité a comer en los mejores restaurantes y cuando hubo la confianza le pregunté directamente:
–Nada sé de ti, ¿a qué se debe tu silencio?
–A que tú no le das chance a la gente a que hable. El silencio y tú son enemigos.
Prometí llevarlo a la playa, lo recogí en el hotel. No dije una sola palabra, me miró agradecido, cuando llegábamos a Juan Dolio en el sacro silencio, habló respirando profundamente.
–¿Por dónde quieres que comience? ¿Deseas mi vida privada o mi vida pública? Te lo contaré todo.

Freddy Ginebra