¿Y dónde están los hombres?
Como en las películas de Woody Allen, una sucesión de acciones y acontecimientos absurdos acaba definiendo la vida de cada uno de los personajes
.


Nunca le he tenido miedo al trabajo. Me divierten los retos, es más me entusiasman. Cuando por obra del destino me tocó mudarme de la Asociación Popular de Ahorros y Préstamos al organismo regulador del sistema, el Banco Nacional de la Vivienda, un solo susto acompañó mi traslado. El miedo a lo nuevo.

Recuerdo la cara de Azor Hazoury, mi jefe en ese entonces, cuando Virgilio Álvarez Renta anunció, en la Sala de Consejos del Banco, que yo sería su asistente. Todo había sucedido muy rápido. Por más excusas que puse y explicaciones di de por que no podía hacerlo, Virgilio me convenció. Manejaba la palabra como poeta en un mundo de intereses y por cientos.

Recuerdo los rostros de todos los gerentes amigos cuando me vieron desfilar siguiendo al nuevo gerente general. Un frío que ya conozco y al cual nunca me acostumbro recorría mi espina dorsal. Veintiún días duró mi presencia en ese cargo pues el gerente renunció y cuando me disponía a limpiar mi escritorio, el subgerente del banco, Jhonny Cesteros, me impidió la retirada.

Seguí disfrutando al país desde un cuarto piso y aprendí a deleitarme con la visión que producía la altura. Me ejercité más en las relaciones de poder que en operaciones bancarias. ¡Ah, peligroso amigo don Dinero! Aprendí a tener carro con chofer y hasta tarjeta de crédito sin limites. Mi vida se convirtió en cenas, inauguraciones, viajes y convenciones.

Cambio de gobierno y de nuevo cambio de gerente. Levanto mi escritorio, recojo las fotos de familia que siempre me acompañan, comienzo a besarme con todo el banco, los besos los considero indispensables tanto como los abrazos y la despedida me luce inminente.

Franklin Báez asume el poder. Pongo el puesto como decentemente me han informado a su disposición y por respuesta recibo una confirmación que más que confirmación era una orden militar. El manejo del nuevo jefe es totalmente diferente de los anteriores. Persona de pocas palabras, más bien seco y poco dispuesto a regalar ni abrazos ni besos a nadie. Intuyo que duraré poco, pero el reto me parece interesante. Los días pasan y el león no es tan fiero. Habíamos estado juntos en el mismo colegio y aunque el nunca lo admitiría, el sello lasallista es vaso comunicante subterráneo.

De pronto, una mañana, me trasladan a un nuevo departamento. Para mi sorpresa, don Moisés de Soto, toda una institución dentro del banco, se retiraba y había pronunciado mi nombre como su sucesor. De valores monetarios nunca he sabido mucho, de manejo de dinero menos, de intereses me equivoco al calcularlos y la regla de tres jamás la entendí. Hay gente que no puede con el ingles y otros con las computadoras, así que no me siento tan mal. Creo que a esto en el golf, otras de mis deficiencias, le dicen handicap.

"Franklin -le dije siendo muy honesto-, en esto no puedo ayudarte".
Pero Don Moisés interrumpió: "Freddy -comenzó poniéndome la mano en el hombro-. La gente lo que busca es confianza y tú tienes la cara y el corazón que se requiere".

Al otro día estrenaba oficina. Dilia Castaños y José Grullón me darían el respaldo cada vez que lo necesité. Viola, mi cómplice y secretaria, fue la primera en acompañarme en los nuevos quehaceres. Entonces fue que descubrí que mucha gente retirada viene al banco más por compañía que por transacciones de negocios. En las mañanas, con el doctor Paiewonski y su guía particular del ocio. En las tardes, Juan Isidro Grullón parqueaba su carro frente al vidrio que separaba mi oficina de la calle y hacia que el chofer lo tocara con la mano. Entraba con su último articulo y me lo leía aduciendo que era de la única manera en que yo lo leería. Tomábamos café y se iba lentamente, piropeando a todas las damas.

La primera dama
Tenía un pequeño bar muy bien surtido. No faltaba el cliente que, conociendo de mis amabilidades, discretamente pedía un trago para entender el día. Recuerdo aquella señora que en bata de levantarse y rallando las ocho del amanecer se presentó nerviosa, conteniendo las lágrimas.

"No puedo seguir así". Pensé que se refería a los intereses y ya dispuesto a negociar discretamente pulsé el timbre para que mis asesores estuvieran listos.
"Todo en la vida tiene arreglo". Fue mi frase inicial.
Ella movía la cabeza negativamente. El llanto era mas fuerte ahora. Saqué mi pañuelo y de inmediato se sonó la nariz estruendosamente.
"¿Quiere algo?"
"Sí, whisky". Dijo recuperada y sin lágrimas, mirándose las sandalias color rosado subido.
"Ah, claro". Solté la mano rápidamente, me levanté y abrí por primera vez el bar antes de las diez. Serví un generoso trago y se lo di.
"¡El dinero es maldito! -Comenzó-. Sólo quieren mi dinero".

La consulta de dineroterapia terminó rayando el mediodía. Cuando la dama salió de mi "consultorio", era una mujer feliz, me agradecía infinitamente los consejos y con una sonrisa en los labios prometió volver y presentarme a su familia. Ella había perdonado a quienes creía la amaban por lo que tenía y hasta tiró besos al resto del personal mientras elegantemente se retiraba.

El extraño caso de dona H
Lo de doña H fue más divertido. Heredé esta clienta de don Moisés, quien me advirtió que era alguien muy peculiar. Su edad oscilaba entre 70 y 80 años. Venía todas las semanas e insistía en verme. Nunca dejaba de traerme algún que otro regalito que consistía entre un dulce de guayaba o alguna fruta. Una vez hubo cobrado confianza me contó sus amores.

"Mire don, soy una mujer seria, he conseguido un muchacho que me ha salido de lo más bueno y ni que decir de limpio..."
Mi asombro fue cuando lo mandó a buscar para que le echara el ojo y le diera mi opinión. El joven de menos de 25 entró tímido y me dio la mano.
"¿Qué le parece don?"
"Bien, bien, bien..." Dije aturdido.
"Le he dicho -esto frente al sujeto-, que si se porta bien, mi dinero será suyo".

Y diciendo esto le señalo la puerta para que se retirara y nos dejara solos.

"Pero doña... ¿no es muy peligroso este juego?"
"Mientras este viva y no pase nada el disfrutara de todo y cuando muera, si es que me voy primero, el heredará".
En una de sus visitas me preguntó que cuantos años creía que ella tenía. No supe que contestar.
"Llame a su asistente".
Dilia entró con la sonrisa en los labios
"¿En qué puedo ayudarla?" Preguntó Dilia.
"Quiero demostrarle al don mi juventud. ¿Te importaría si comparamos nuestros senos? No hay seno que aguante una mentira". Y diciendo esto hizo el ademán de mostrarnos el volumen en discusión.
"¡Un momento -atajé-, no es necesario!"
"¡Los míos son más atractivos que los suyos!" Insistió la doña materia en mano.
Dilia explotó en una carcajada y con suma inteligencia contestó: "Yo no quiero perder frente al doctor (así me decían en el banco), usted me gana por mucho y eso se nota".

La visitante se rió y quedó contenta. Doña H cada cierto tiempo llegaba con un nuevo amigo y una nueva historia. Sus romances acababan en terribles desengaños pero nunca perdió ni la cabeza, ni su dinero.

Asalto al amanecer
Otra mañana llegó un cliente un poco molesto. Viola con cara de susto esta vez abrió la puerta advirtiendo que lucía incómodo y tenía cara de haberse levantado con el pie izquierdo.

"¿En que puedo servirle?" Extendí la mano haciendo alarde de cortesía y poniéndole al mal tiempo mi rostro más amable. Casi me la rompe.
"¡Ustedes son unos ladrones! -Aún con mi mano en la suya se sentó bruscamente hasta que pude zafarme-. Tengo mi dinero depositado aquí y ahora me salen con que han bajado los intereses. ¿Qué vagabundearía es esta? ¡A mí me ha dado mucho trabajo juntar esos chelitos!".

Sonreí de nuevo tratando de buscar una justificación convincente.
"¡Ladrones, no quiero explicaciones, quiero que me sigan pagando lo de siempre!".

Dicho esto sacó una pistola que con mi poca experiencia en armas deduje era de las de verdad. Según he visto en las películas debía de ser una cuarenta y cinco. Se me aceleró el pulso y me temblaba el lóbulo izquierdo con una independencia muscular inusitada.
"Pero déjeme explicarle -insistí-. ¿Le ofrezco café?"
Tratando de lucir simpático quise levantarme y escapar.
"¡Siéntese y óigame, que yo lo que quiero es mi dinero!" Y me clavó la pistola en el pecho.

No podía creer que la muerte me sorprendiera de una manera tan ridícula. Imaginé los titulares en los periódicos: "MATAN POR INTERESES EMPLEADO BANCO", el rostro de mi familia, el cadáver sobre el escritorio y las manchas de sangre sobre el cuadro de García Cordero, la histeria de mis compañeros de trabajo y la gran misa que ofrecerían en mi nombre con la presencia de todos. Sería mártir oficial de la banca (San Freddy de los Intereses de los Últimos Días).
"Creo que todo puede arreglarse -digo para morir diciendo algo-, pero no depende de mí..."

El hombre gesticulaba apuntándome, si se le sale un tiro lo mato, pensaba, lo mato o me mata, divario.

"¿Pero es que aquí no hay hombres?" Me pregunta apuntándome y mirándome con burla a los ojos.
"Yo creo que no". Contesto categórico.

Siempre he pensado en una muerte gloriosa, rodeado de todos los que quiero; no en una muerte inútil en manos de un loco.
"Mire, en eso de los hombres usted tiene razón". Lo complazco.
El tipo me mira entre perplejo y sorprendido que quizás es lo mismo pero no. Llamo a mi asistente, Dilia Castaños y le pido que arregle los intereses del señor de inmediato. Mi tono violento la impresiona. Un tic nervioso me mueve el ojo izquierdo.

"Quiero que este señor se vaya satisfecho y que jamás se vuelva a cometer algo semejante con su persona".
Guiño el ojo que baila nervioso y mi asistente entiende.
"Hágalo ya, que no quiero detener a este señor ni un minuto mas". Enfatizo.

"Así se habla, ahora nos estamos entendiendo -se ríe el inversionista sin dejar de blandir su arma-. Usted es un hombre inteligente".
Recibo una llamada del Gerente General y me dice que no me altere que ya la policía está avisada y que están por llegar.
"Si. Favor de hacerlo de inmediato". Simulo.

"No hagas ningún disparate -Dice el gerente al otro lado del teléfono y para tranquilizarme agrega-, ten mucho cuidado que es peligroso".
Por el vidrio de mi oficina, pude ver cuando el escuadrón de misiones especiales de la policía rodeaba el banco. Parecía una película. Me sudaban las plantas de los pies y la rodilla izquierda. Hablábamos de temas sin importancia cuando a una señal por el vidrio supe que tenia que llevar al señor fuera de mi oficina.

Sonó mi intercomunicador, era la voz de Dilia.

"Pueden pasar, ya todo esta listo". Fue la señal.
Fue una operación rápida, cuando vine a darme cuenta el individuo estaba esposado.

Me tomé un vaso de agua sin respirar y celebramos mi vuelta a la vida.

Varios días después recibí una llamada: "Tengo amigos en todas partes, aquí ando con la misma pistola... Que pase buen día".
Tuve el valor de desearle lo mismo, mientras comprendía que la vida es un carnaval y que definitivamente somos pasajeros en tránsito.

Freddy Ginebra