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El lujo de los desapercibidos
La llegada de una carta es todo cuanto sucede aquí. La misiva es el pretexto para que se cuente una historia,
su historia
Nunca supe si esta carta estaba dirigida
a mí. La encontré en
una gaveta que no frecuento o quizás alguien la envió por
correo. Todo es tan extraño en estos días. Apareció de
repente quizás en el buzón del computador o la
soñé anoche. Esto de perder la memoria tiene sus
ventajas, inventa uno cuando no recuerda, se saca de la manga
alguna que otra historia y la va tejiendo para acabar creyéndola
como si realmente hubiera sucedido y luego la incorpora a su
diario vivir haciéndola verdadera. Ese es quizás
el mayor privilegio de quienes escriben o sueñan. “No
quiero más”, iniciaba la misiva y al instante me
cautivó. ¿Quién era este personaje que se
negaba a nuevas experiencias? Este ser limitado que no entendía
que la vida es caminar hacia el progreso?
Comencé a leer intrigado:
“He descubierto que en la medida en que caminamos nos vamos haciendo
adictos a cosas que no necesitamos. Y fíjate bien que uso la palabra ‘adictos’ para
llamarte la atención. Nos hacemos adictos a comodidades absurdas, a
hábitos que nos obligan a vivir en tensión constante y hasta
a amores que nos socavan en lugar de purificarnos. Mi nombre es, aquí dejó un
espacio vació como para que pusiera el que me viniera en gana, tengo
equis años, una casa simple sin lujos, una mujer simple sin demasiados
adjetivos y mis hijos siguen la misma línea, somos en conjunto un grupo
de desapercibidos. De aquellos que los sociólogos miran con despecho
pues no tienen acentos en sus gustos como para ser encasillados en alguna de
las muchas nomenclaturas, algunos días del mes somos casi invisibles”.
“Luego de muchos años compramos un carro –continuaba–,
pero casi siempre por lo difícil del tránsito, preferimos los
servicios públicos. Vamos al cine como una gran celebración y
cuando algo fuera de lo normal nos invade, nos vacunamos para no acostumbrarnos
y poder retomar la cotidianidad sin mayores riesgos”.
“Tengo miedo a los excesos. Me perturban. Nada como vivir en la más
absoluta sencillez. Tú eres la explosión hecha persona. Esta
frase la leí y me produjo un cierto mal sabor. Lo que vino a continuación
me aceleró el pulso. “Tienes, según he visto, varios puntos
en agenda simultáneamente”.
“Para verte tengo que avisar con tiempo pues estás comprometido
con cinco o seis personas de los mundos más distantes, haces de lo simple
toda una complejidad vivencial. Yo hace tiempo decidí no pasar a la
historia y que los bancos no me tuvieran en sus listas de hombres importantes
por sus grandes depósitos. Soy el ahorrante 538 de una Asociación
de Ahorros y desde su fundación no he cambiado. Mis retiros y depósitos
apenas varían y sé exactamente a qué altura del mes palidecen
mis números para no cometer desarreglos. No acumulo, tengo lo estrictamente
necesario para vivir. Es más, soy más bien aburrido. Lo único
que puedo afirmar es que creo soy feliz, que mi estilo de vida no está de
moda. Tengo los hijos que quise, no me he complico mucho, creo en Dios, que
en estos momentos luce una extravagancia, voy a misa los domingos, rezo todas
las noches y cuando la vida me sorprende con algún imprevisto de esos
que hay que llorar, lloro hasta quedarme sin lágrimas y cierro de inmediato
la herida, por lo menos lo intento”.
“Jamás acuno las penas. Tengo los amigos necesarios, no pasan
de tres, antes eran cuatro, uno murió y aunque no puedo verlo lo tengo
tan presente como si estuviera a mi lado. Vivo con la ilusión del reencuentro.
Soy un pecador, hasta en eso soy aburrido, soy absurdamente repetitivo, luego
me confieso e intento ganar el cielo, sé que mi Dios me perdona, Él
entiende, creo”.
“Todos mis días son una especie de celebración. El solo
hecho de abrir los ojos en las mañanas es motivo de alegría.
Me admiro del sol que entra por mí balcón, de la sonrisa de mi
mujer de tantos años, de su torpeza cuando cocina, del crecimiento de
mis hijos, algunas veces cuando los miro se me llenan los ojos de lágrimas, ¿serán
los años? Son mi mejor obra y para ellos en cierta forma vivo. Entiendo
que haberlos tenido ha sido un gran compromiso, por ellos muchas veces he dejado
de ser yo, me he privado de cantidad de cosas que me gustan pero he sido recompensado
con creces al ver cómo se desarrollan y responden a los valores inculcados.
Jamás he sentido que son mi continuidad, los he sentido como seres independientes
a quienes he ayudado a venir a este mundo y con quienes me une un gran amor.
No escondo la ternura ni me avergüenzo de ella, es más, la cuido
celosamente”.
“Soy feliz porque quizás nunca idealicé la felicidad. La
supe simple como yo, cotidiana. Pequeña, por momentos absurda o fugaz.
No teorizo sobre ella. La felicidad sé que es sencillamente entender
que esta vida es corta, difícil, un soplo. Entonces con estas premisas
no hay que inventar mucho, la clave es aceptación de lo que se tiene
y mirar adelante para transitar despacio sabiendo que existe un final inexorable
que nos abre en caso de fe a la verdadera vida o al olvido. No espero grandes
cosas y todo me sorprende. Me alegro permanentemente por los detalles de los
días, una conversación con un amigo me emociona, el saber que
quiero y soy querido me hace especial, sé que soy hijo de Dios y esto
me da seguridad. He dejado de hacerme preguntas, lo sé, quizás
eso te hable de mi incapacidad de enfrentarme a los desafíos, pero lo
he preferido, lo otro sólo me conduce a ansiedades y miedos que ningún
bien me hacen. Te confieso que con sólo pensar que cuando me vaya estaré en
presencia de mi Dios, hace que todas las penas sean pocas y las despedidas,
transitorias”.
“Perdóname, Freddy, no quiero alarmarte. Sé que has decidido
vivir diferente, que te arriesgas, que multiplicas el tiempo y caes agotado
cada día. Yo me sé limitado, no tengo capacidad para jugar al
hombre importante. Espero no ser juzgado mal, soy pequeño, muy pequeño.
Hago lo que puedo y admito que algunos días, sencillamente no hago nada.
He aprendido a perder el tiempo, descubrí temprano que es un arte olvidado.
Sé mirar el mar por horas sin pensar en nada o contemplar las estrellas
hasta que una nube las cubra. También sentarme en la puerta de mi casa
y escudriñar los rostros que transitan sin inventarles historias, sencillamente
contemplarlos”.
Esta mañana te miré sumergido en el mundo en que
vives y me puse tenso. Tu capacidad de multiplicar el tiempo,
de conversar de diversos temas simultáneamente sin agotarte,
de atender todo tipo de llamadas y aún sonreír.
Qué diferentes somos, pero no te envidio.
“Ojalá algún día entres a formar parte del mundo
de los simples. Creo te lo mereces. Hay otra vida que no has descubierto, la
del silencio, la de espacios vacíos, la sin agenda que cumplir. Otra
vida que también tiene sentido y te ayudará a descubrir un mundo
nuevo que te ayudará a verte desde otro ángulo y quizás,
descubrir nuevas facetas”.
“Nada, ahora que escribes, quería invitarte a producir una pausa,
a cambiar de camino y revolcarte en una irresponsabilidad existencial donde
sólo estés tú y todo gire sobre tu eje bendito. Donde
no haya previsiones de ningún tipo. Sólo el inexorable tiempo
que se te diluya entre las manos”.
La carta, si es que se le puede llamar así, se fue disolviendo
frente a mis ojos y de repente comencé a escuchar una
voz que me hablaba en tono íntimo y envolvente, era una
voz conocida, una voz carta, confesión, añoranza.
En estos tiempos en que todo es posible y se va perdiendo la
capacidad de asombro, cierro los ojos y me quedo dormido.
Freddy Ginebra |