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Las muelas del juicio
La extraña relación entre la salida de unos dolorosos
molares y el mundo. La búsqueda de una explicación
a un fenómeno que suele producirse a los seis, los doce
y los dieciocho años
Siempre me ha llamado la atención eso de las muelas del
juicio. Confieso que a mí nunca me salieron y no creo
que a estas alturas aparezcan. Un dentista me comentó,
no sé si en broma o en serio, que algunas personas nunca
tenían juicio y que el no tener esos molares los delataba.
Al final pensé que era un chiste, pero luego me enteré,
ahondando en el tema, que esos molares comienzan a salir alrededor
de los seis años, luego a los doce y finalmente los verdaderamente
llamados muelas del juicio, entre los dieciocho y veinte.
Esos son los más difíciles, pues cuando no nacen
como Dios manda, los dentistas tienen que extraerlos y me dicen,
aquellos que han tenido la sensacional experiencia, que no es
nada divertido. Tuve una novia que una vez extraídos esos
molares me cambio por otro. Ha sido uno de las más grandes
incógnitas de mi existencia. Ahora que somos viejos y
la veo, toda una señora rodeada de nietos, siento la tentación
de saber la verdad. Pero tengo miedo a preguntar no vaya a ser
que de repente confiese un secreto mayor, o la verdad sobre las
pirámides, o el verdadero significado de los papiros del
mar muerto o simplemente el por qué no tenemos energía
eléctrica después de tantos años invertidos
en promesas. Me asusta, me asusta mucho.
Los llaman las muelas del juicio, pues
se supone que a esa edad ya estemos preparados para enfrentar
la existencia y entender el mundo que nos ha estado esperando
con sus guerras, gobiernos, préstamos internacionales que llevan a los países
a la quiebra, partidos políticos que sólo buscan
el beneficio de unos cuantos y otros misterios existenciales
que hacen de la vida una tremenda fiesta de palos.
¿Habré sido un privilegiado?
Hay días que viendo todo lo que sucede en el mundo le
agradezco a mis cordales que no hayan salido, al final el juicio
de esos molares no ayuda mucho. Leyendo las declaraciones de
un confeso asesino en el periódico, se me congeló el
piloro al ver el descaro con que se expresaba por sus "trabajos" realizados. "He
matado tantos... me han pagado tantos... me han comprado tantos..." No
entiendo, no entiendo su desfachatez, su impunidad. Siempre creí que
eso sólo se veía en las películas, esas
que veo en las madrugadas para conciliar el sueño. Sentí ese
frío raro que me recorre el cuerpo y me deja temblando,
me espanta y me hace llorar de miedo, de soledad, de pena por
esta multitud de la que formo parte.
Y se me escurre la poesía por la cual vivo y me siento
extranjero en mi propia casa, ausente, perdido. Y le digo a Dios
que no agradezco la libertad que nos regalara, y luego me arrepiento
y me tranquilizo. Si hubiera tenido las muelas entonces habría
entendido, más bien aceptado y diría son los tiempos...
nada importa. ¡Pero qué va!
Me escandaliza saber que por robar un
pollo hay presos que permanecen en La Victoria por dos y tres
años sin que aparezca su
expediente. Allí los vi durante una de mis visitas, condenados
de por vida esperando que con "buena fortuna" el destino
los empuje fuera: una enfermedad, algún puñal...
Las buenas excusas y las malas conciencias
Alguien me comentó una vez, frente a mi estupefacta cara,
que la mayoría de los grandes robos quedan impunes y que
muchas fortunas en el mundo son hechas por "negocios inteligentes".
Si hubiera tenido los cordales comprendería. Los cordales
te hacen adulto, aprendes, sabes que responder en momentos difíciles,
te ayudan a no temerle al dinero, además te protegen de
la extrema sensibilidad frente a la belleza de nuestras playas
y palmeras o el disfrute del amanecer mirando al horizonte sin
otra ilusión que la sola luz que tímidamente sorprende
al día.
Los cordales te evitan ser solidario con
los que sufren excusándote
frente al dolor ajeno, diciéndote secretamente que ya
suficiente tienes con los tuyos. Los cordales te impiden darte,
amar sin limites, servir no lo que te sobra sino lo que valoras.
Debí haber tenido mis cuatro muelas del juicio, las necesito,
iré a comprarlas a La Sirena o a la Ferretería
Americana (tienen de todo), luego me haré un implante,
me pondré mi traje oscuro con la corbata roja y pronunciaré un
discurso (esto del discurso creo le da peso a mi actitud), seguro
que entonces entenderé al mundo en que vivo. Ya me veo,
será un discurso de varias lecturas, de esos que luego
se escriben comentarios que más que explicar confunden
y escrito en códigos cerrados con muchas expresiones del
diccionario, repetitivos, de los que nadie entiende pero con
palabras impresionantes como: globalización, transacciones
al portador, dialéctica de los mundos, endeudamiento externo,
la praxis del poder y todos esos etcéteras.
Vivir sin ellas
La ausencia de esos pedazos de hueso me limitan frente a los
milagros técnicos. El otro día iba en un taxi
cuando sonó mi celular:
-Alo, quién es -pregunté.
-Es Raymond.
-Hola Raymond, ¿cuándo llegaste?
-No. Te hablo desde Taiwán.
-¿Taiwan?
El chofer me mira capicúo.
-Un restaurante -digo incrédulo, el carro va a todo meter
y escucho perfectamente su voz con acento multilingue.
Acabo de escuchar un merengue, pensé en ustedes y decidí llamarte.
Me despego el celular y le digo al chofer:
-Es mi amigo Raymond, el suizo que esta en Taiwan, me oyes, ¡¡¡Taiwán!!!
Grito entusiasmado por el milagro de la comunicación.
El taxista acostumbrado a bloferos me mira con una expresión
de: "¿Y qué?"
Si hubiera tenido la muela, esto me hubiera
parecido normal. Miro el celular y le tengo miedo, me sobrecoge. ¡Oh Dios!
Como es posible que desde tan lejos escuchara la voz de mi amigo
y hasta sintiera el hipo y la alegría de su última
copa de vino.
¿Y los aviones? ¿O los barcos que jamás
se hunden? ¿Cómo pueden volar? ¿Y flotar?
Me lo han explicado infinidad de veces, pero algo dentro no funciona
y sé que es la ausencia de lo que hablamos. Difícil
vivir sin ellas, sin la experiencia de la extracción traumática. "Ya
me salió la de arriba". "El dolor es insoportable." "Me
tuvieron que operar". "Apenas puedo tragar". Eso
escucho de mis privilegiados amigos sufrientes. Nada de eso he
padecido, me siento discriminado, me faltó algo que siento
ha sido esencial para mi entendimiento del mundo.
Tengo una amiga que nació con los cuatro pero sospecho
que eran falsos. Su comportamiento de vida desmiente las reglas
de quienes las poseen. Una temporada se llenó de gatos,
luego en su etapa ecológica, inundó la casa de
palmeras y helechos enanos. Coleccionaba sombreros y lo último
que supe era que había salido una tarde con destino desconocido,
esperando llegar a la India donde conocería a Said Baba
e intercambiaría secretos sobre los atardeceres del trópico
y la política dominicana.
No sé qué pensar, hay excepciones me imagino.
La ausencia en mi caso me inutiliza con la falta de respeto a
los semáforos y sus colores. El rojo es señal de
róbatelo, que nadie viene.Es definitivamente la carencia.
Pero donde la puerca tuerce el rabo es cuando veo nacer un niño.
El milagro de la vida es el mayor de todos, la gestación,
el alumbramiento, aquel primer grito que nos revela la inmensidad
del autor de la vida y esa emoción indescriptible que
inunda al corazón.
Aquí, ya no entiendo nada, tanto nos regalan y qué difíciles
somos para ser simples, humildes, comunicativos, amigos, soñadores
(puedes agregar tu cualidad en este espacio en blanco).
Ayer me entere que ya dos y dos habían dejado de ser
cuatro. Se imaginaran lo perplejo que estoy. ¿Qué les
diré a mis nietas? El pediatra me comunicó que
todavía es muy temprano para saber si vienen o no con
los susodichos molares.
Freddy Ginebra
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