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Paisajes humanos
Alberto y Teresa me llamaron desde el lugar de sus vacaciones,
muy emocionados. “Freddy, acabamos de tener una experiencia
extraordinaria y pensamos en ti –me dijeron a coro–.
Hemos vivido el atardecer más impresionante que hemos
visto jamás. Estamos en una isla que se llama Santorini
y esto es indescriptible”. Agradecí la llamada y
me imaginé sobre la isla y perdiéndose en el mar
un sol cansado que nunca duerme en la misión de sembrar
atardeceres por el mundo.
Soy fanático de los paisajes, de los atardeceres y amaneceres.
Es más, los necesito para ahuyentar las derrotas cotidianas.
Colecciono paisajes y momentos: Constanza, Barahona, Portillo,
Samaná están entre los paisajes que en días
difíciles evoco para mantener la sanidad y la alegría.
Al regresar en avión de algún viaje al exterior,
no puedo evitar el atisbar por la ventanilla los contornos de
mi isla y disfrutar desde lo alto esta espléndida visión.
Una mañana descubrí que también los seres
humanos somos paisajes. No me pregunten cómo, sencillamente
comencé a experimentar y a ver en los que me rodeaban
atardeceres, amaneceres, desolaciones, paisajes áridos,
frondosos...
Los alcanzo a descubrir por un gesto, una palabra dicha al descuido,
una mirada de compasión o un movimiento interior del alma.
El hermano Amadeo del colegio La Salle me llamó a su oficina,
yo apenas tenía 17 años:
“Te necesito –me dijo con tono autoritario–, quiero que trabajes
el nuevo año de profesor en el colegio”.
“Pero si nunca he dado clases”. Respondí.
“Sé que puedes –insistió–, lo único
es que tienes que trabajar un poco más y mientras los demás se
van de vacaciones, tú te preparas para maestro”.
En él descubrí el paisaje de la mano tendida a
un joven que necesitaba ayuda. Vi los colores de su bondad y
del riesgo que asumía abriéndole las puertas a
un novato para enfrentar a un grupo de alumnos sin experiencia
alguna. Me enseñó a descubrir la seguridad para
enfrentar en la vida nuevos retos. Aprendí a arriesgarme
y tender la mano a otros. Renelia llegó a mi casa una
mañana en busca de trabajo. Tenía 14 años,
necesidad y el deseo de aprender a trabajar para ayudar a su
familia. Renelia nunca ha salido fotografiada en un periódico,
creo que si no te le acercas, es muy difícil que escuches
su voz. Renelia es abnegación y sacrificio, pasa desapercibida
en cualquier lugar, es demasiado sencilla, casi invisible por
su silencio y actitud.
En ella descubrí tantos paisajes extraordinarios que
nunca me cansaré de agradecerle la oportunidad que me
dio la vida de estar a su lado aquellos años tan importantes
de mi niñez. He entrevistado a personajes públicos
y algunos de gran relevancia internacional. Soy curioso.
“Usted que es un hombre importante”. Comencé hablándole
a Jean Varnier, el apóstol del Arca.
“Todos somos importantes –me interrumpió con auténtica
humildad y desarmante sonrisa–, en cada ser humano está Dios y
eso nos hace a todos importantes”.
El paisaje de Jean es la entrega absoluta,
es encontrar la Gran Presencia en aquellos que han sido abandonados
y que frente a los ojos del mundo, están incapacitados
mentalmente.
Jean me enseñó a descubrir la riqueza infinita
en los más pobres. Paisaje de amor llamaría a esto.
Paisaje de fe en Dios. Cuando el último ciclón
azotó nuestra ciudad conocí a mis vecinos. Los
jóvenes ayudaron a limpiar las calles. Él que tuvo
generador tendió sus alambres para que pudiéramos
alimentarnos de su electricidad, el barrio se hizo uno y la colaboración
permanente dentro de la precariedad del momento se hizo fiesta
de la solidaridad. Paisaje comunitario. Esta semana murió el
tío Julio. No salió ninguna esquela mortuoria,
era un viejo barbero que moría. Ni siquiera sus antiguos
clientes tuvieron la oportunidad de lamentarlo. El tío
Julio se fue en silencio y tan discretamente como había
vivido. Sus hijos y nietos estuvieron a su lado y aunque lloraron,
sé que muy dentro tenían la seguridad de que el
tío barbero había regresado a los brazos del Padre.
Un barbero predicador, lo conocí hace muchos años
y siendo yo universitario, admiraba el poder de sus palabras,
la convicción de sus ideas, su mirada permanente perdida
en el cielo y la certeza absoluta de la existencia del reino
de Dios. El tío Julio como todos le llamábamos
era uno de los más espléndidos paisajes humanos
que he podido contemplar. A pesar de sus años, mantenía
la inocencia y la ternura de un niño.
Cuando aquella niña me preguntó en lo alto de
una montaña dominicana que cómo era el mar, vislumbré instantáneamente
la candidez y la curiosidad de sus palabras. Su mirada tan honesta
y necesitada me traspasó. La pureza de sus ojos me hablaron
de un mundo virgen e inexplorado donde aún la mentira
ni la maldad habitaban.
Debo confesar que estos descubrimientos
de paisajes humanos engrandecen mi existencia, la colman de
esperanzas, me obligan a creer, a mantener la fe y a no perderme
en estos caminos que cada vez se convierten en mas torcidos
e intrincados. Aprender a descubrir estos paisajes es simple,
algunos se nos presentan de inmediato otros toman más tiempo. Hay que estar atentos,
algunos paisajes vienen disfrazados y la mayoría de las
veces se esconden en cuerpos poco atractivos, en silencios prolongados,
en lugares inadecuados. A diferencia de los paisajes de la naturaleza
no impresionan por su belleza ins
tantánea, hay que tener olfato para apreciarlos, agudizar
el alma, se esconden en lo pequeño, en lo sencillo, rehuyen
los esplendores de la vida y la gran mayoría de las veces,
están vinculados al sacrificio, al desprendimiento, al
compromiso con los demás, a la negación de sí mismos.
Los más bellos y extraordinarios son acusados de extravagantes.
He hecho el ejercicio mental de imaginar a Francisco de Asís
paseándose por nuestras calles y la reacción de
quienes pudiéramos verlo.
¿Entenderíamos?
Una vez se me presentó la oportunidad de conversar con
Teresa de Calcuta cuando vino al país. La perseguí afanosamente.
Fui al Colegio Santo Domingo y entre la multitud la escuché hablar
y mi corazón se llenó de gozo. Pero quería
más y como tengo muchos amigos, uno de los días
en que iba a ser entrevistada por la televisión, algo
falló y ella tuvo que esperar en el camerino. Sabiendo
de mi interés de conversar con ella me llamaron y acudí de
inmediato.
Recuerdo que trabajaba en un banco y en
ese momento no tenía
transporte. Un motorista se ofreció a llevarme y sentado
en la parte de atrás llegue a la estación. El padre
Priamo me abrió la puerta y entré con mi cara de
susto. En mi inglés que se hace mas confuso cuando estoy
nervioso le dije que quería hablarle. Ella me miró y
en sus ojos entendí que podía sentarme. El rosario
se movía constantemente en su mano. Mi emoción
era tan visible que pedí disculpas. La conversación
fue fluyendo lentamente y fui encontrando la paz y la confianza.
Antes de terminar le hice una pregunta que desde entonces ha
marcado mi vida, sabía que estaba ante un paisaje muy
especial. Los cristianos que trabajan mucho necesitan un descanso.
El mundo está lleno de injusticias y es imposible saciar
todas las necesidades, cuando a uno le piden, después
de haber dado mucho, y quizás más de lo posible, ¿hasta
cuánto debe uno dar?
Ella no titubeó ni apartó su vista de mis ojos
mientras contestaba: “Hay que dar constantemente, dar hasta
que duela. No lo que sobra, sino lo que verdaderamente duele”.
Y sentí que estaba en mi Santorini humano con la diferencia
de que el sol esta vez apenas comenzaba
a despuntar y jamás
se cansaría de esparcir su luz.
Freddy Ginebra |