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Cómo
ser publicista y no morir en el intento
Hasta no tantos años la publicidad era una profesión
inconcebible en República Dominicana. Ahora, tres generaciones
tratan de buscar su identidad en unos pocos segundos de ingenio,
a pesar de los clientes y hasta de los transeúntes
Ser publicista ha sido divertido. Desde
los primeros años,
cuando Damaris se atrevió a creer en mí a principios
de los años sesenta y me dio trabajo, supe que esa era
la profesión. En Damaris desempeñé casi
todos los cargos, me faltó comprarla o hacerme hijo de
la doña como le dicen a escondidas. Soy apenas su hermano
de la calle y la vi nacer cuando aún no se teñía
el pelo de colorao.
Ser publicista implicó muchas cosas, creo me ayudó en
mi carrera de abogado, mi experiencia de actor amateur, mi afán
por escribir, la creatividad innata y por qué no decirlo,
mi afán por aprender y trabajar sin descanso hasta complacer
al mas difícil de los clientes.
Receta fácil de preparar
A veces me invitan a los colegios para que hable de publicidad
y siempre surge la pregunta de qué preparación
tiene que tener un publicista. No titubeo en contestar que
mientras más informado mejor profesional resultas. Metes
en la coctelera sagacidad, un bachillerato en letras, diseño
publicitario, todos los cursos de computadora que encuentres,
te empapas del mundo de las comunicaciones, una dosis de inglés,
un tercio de manejo de números y porcientos, excelentes
relaciones públicas y te globalizas emocionalmente.
Entonces decides trabajar 24 horas, luego te pones un cuchillo
en la boca y sonríes dispuesto a cortar el mundo en
dos si es necesario y amen, ya eres el mejor.
Somos los magos del mundo. Aprendemos a vender arena en Boca
Chica o sol en pleno malecón. Inventamos estrategias,
vivimos estudiando el comportamiento de nuestros públicos
y cada día surgen más sofisticados instrumentos
que te van indicando los hábitos del consumidor y hasta
sus sueños.
En mi vida de adivino-vendedor he tenido maravillosas experiencias,
algunas únicas y hasta divertidas. Trabajar en una campaña
es un reto que motiva. Son muchos los ingredientes y a veces
te asombran las nuevas tendencias del mercado, la gente cambia,
el mundo va demasiado rápido y lo que ayer era atractivo
y definitivo hoy está out o demodé. Todo menos
el aburrimiento acompañan esta profesión. El publicista
debe de estar preparado para ser socio de su cliente, hablarle
de marketing mix, manejar promociones, asimilar y traducir códigos
de comunicación, conocer el producto más que su
dueño, su segmento de público y negociar la inversión
que tiene en sus manos con transparencia y absoluta honestidad.
Cada día es un reto diferente, hoy anuncias un jabón,
mañana un ron, luego un cementerio, un caldito de pollo,
una funda de cemento, los beneficios de un banco o pasa como
aquel cliente soltero que nos pidió una esposa.
El efecto del Feng Shui
Una mañana nos llamó un amigo con un proyecto entre
las manos. Hola Freddy, su voz sonó al teléfono
con la simpatía de siempre. "Te necesito", continuó. Éramos
amigos desde hacia un buen tiempo y hasta vecinos. "Estoy
en un proyecto junto a un socio y necesito que me ayudes a venderlo".
Pasó a explicarme con detalles el nuevo edificio, el centro
de expansión y otros planes.
Llego a la agencia y procedimos al abc de nuestra profesión.
Llenamos el brief creativo, hicimos las reuniones necesarias,
visité el proyecto, me habló de lo que esperaba
y nos pusimos a trabajar. Luego de cierto tiempo y haber completado
nuestras investigaciones presentamos la campaña. El socio
y el amigo se sentaron en nuestra sala y hasta nos aplaudieron.
"¿Entonces?" Pregunté.
"Todo bien. Estos presupuestos se ajustan a lo que habíamos hablado
y es cuestión de responderles mañana del día de inicio
de campaña".
Nos abrazamos y quedamos en encontrarnos el siguiente lunes.
Al otro día temprano recibí una llamada.
"¿Puedo verte?" Sonaba misterioso.
"¿Sucede algo?" Pregunté al calibrar el tono.
"Me gustaría verte, si es posible de inmediato".
"Pero... ¿ha pasado algo?"
"Prefiero que sea personalmente, no me gusta hablar esto por teléfono".
"Nos vemos en la agencia a las diez".
El cliente amigo llegó nervioso. Se rascaba la cabeza
y movía las manos de manera peculiar.
"¿Café?"
"No, gracias". Produzco el silencio necesario para escucharle.
"Es que no sé cómo comenzar".
"Pues, por lo mas difícil", le ayudo.
"No haremos la campaña. Se atreve a decirme sin mirarme a los ojos.
"¿Es un chiste verdad?"
"No, para nada".
"Pero... ¿y por que la aprobaron? ¿Han tenido problemas?
-comienzo a negociar- Si es cuestión de dinero podemos revisar el presupuesto,
hacerlo de otra manera, buscarle la vuelta..."
"No, la campaña no va", me interrumpe.
"Pero quieres otra alternativa?"
"No".
"Acepto tu negación, tienes todo el derecho, pero exijo por nuestra
amistad una explicación al misterio. Ayer me felicitabas y de repente
hoy..."
"Es que no puedo", me dice mas nervioso interrumpiéndome.
"Por más engorroso que sea y por la amistad que tenemos, debes
de decirme la verdad. Sé aprender de mis errores (internamente me analizaba
tratando de adivinar el enigma).
"Es el Feng Shui", dice al fin.
No le entiendo y le miro atónito en espera de más.
Mi socio le llevó tu campaña a su mujer y ella
lo consultó con alguien que está en eso del Feng
Shui que tiene mucha influencia sobre ella y le dijo que los
colores, las frases, en fin, no era conveniente.
"¿Y tú que dijiste?"
"Al igual que tú no lo podía creer, pero luego de una larga
discusión no tuve más remedio que aceptar su posición.
Te pido disculpas".
Perdí al cliente pero reforcé mi amistad con el
amigo y le pedí autorización para poder hacer esta
historia algún día. Desde aquella tarde, el feng
shui y yo perdimos todo contacto.
Eres Jesús
Otro día, de esos en que todo te sale bien (por que los
hay en que hubieras preferido no haber salido a la calle), tenía
unos socios de Puerto Rico que visitaban la agencia por primera
vez y dentro del decálogo de cortesía los había
recogido al aeropuerto y luego de reuniones, los invité a
comer. En la tarde volveríamos a trabajar y en el último
vuelo de la noche regresarían a su país. Cuando
llegamos a Cumbre a eso de las cuatro de la tarde, mientras me
parqueo, una jovencita de 20 años que estaba pasando por
el frente de la agencia se detiene y me mira. Le sonrío
y cuando voy a entrar en animada conversación con los
socios ella me llama Jesús.
"Se ha equivocado, mi nombre no es Jesús",
amablemente le contesto.
La joven me toma del brazo y no me suelta.
"Excúseme -le insisto-, mi nombre es Freddy... Usted me confunde
con alguien".
"¿Por qué me haces esto?" Me suplica.
"¿Le hago qué?" Pregunto perplejo.
"Tanto trabajo encontrarte -y mientras dice esto me aprieta la mano contra
su rostro- y ahora me ignoras".
Me asusto un poco pues de inmediato se tira a mis pies y se aferra
a ellos.
"Perdona mis pecados, perdóname", grita.
Los socios están mirando la escena. Yo no sé que
decir y les digo que busquen ayuda. Trato de desprenderme de
la muchacha pero es imposible. Me abraza, besa mis manos e insiste
en el perdón.
"Señorita, por favor, no soy Jesús". Repito confundido.
Un grupo de personas se ha reunido a mí alrededor y nadie
sabe qué hacer. Yo les pido que le expliquen que no soy
Jesús pero ella no oye y se encadena con más fuerza
a mí. Ahora me tiene abrazado impidiéndome caminar.
Opto por simular que le perdono los pecados para zafarme pero
ella sigue insistiendo.
Al cabo de un rato logro escapar y subir sudoroso a mi oficina.
Esta es la hora en que los socios insisten que soy el creativo
más atrevido y que soy capaz de montar cualquier escena
con tal de impresionar a un cliente.
¿Ustedes me creen verdad? Tengo testigos. Pienso, que me suceden tantas
cosas que algún día escribiré un libro. Respecto a la
joven desconocida... ¿Habrá visto al Jesús que todos tenemos
dentro?
Freddy Ginebra
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