El día en que Juan descubrió la risa
Un dedo de más puede convertirse en un trauma insuperable. El protagonista de esta historia nunca pensó que la solución de su problema fuera tan sencilla y divertida
          
El día que aprendí a reírme de mí mismo, aprendí a vivir con más libertad y alegría. Cada día tomo más conciencia de que la vida hay que aprender a manejarla con cierto grado de humor o acabas hundiéndote en la más terrible pesadilla.

Esta semana entre absurdas noticias y oscuridades tuve la tentación de escapar y tomar unas vacaciones para airear un poco las musas. Se lo comenté a una amiga que me lee y su respuesta me sorprendió.

–¡Al fin!
–¿Cómo que al fin?
–Sí, porque hay días en que pienso que te crees Superman y nada te afecta –me increpó–. Si la gente te lee como yo, sería un gran alivio saber que eres de carne y hueso y que el momento que vivimos también te desgasta. Escríbelo pero no me menciones, no soy mujer de letra impresa. Eres un articulista refrescante –dijo soplándome un arrugado beso–. Eres aire fresco.

Ese comentario me comprometió y me hizo combatir los desalientos, que me sacuden. No se crean que todo es siempre “fuifuifui”, hay muchos días bien difíciles y me tengo que inventar la esperanza. Reconozco que cuando la invento, la contagio y los resultados valen el esfuerzo.

Me sometí a la introspección y no sé si por el calor, la falta de dinero, las medidas anti ecológicas, la etapa de transición de ni chicha ni limoná, o la divertida factura de la luz, cuando en la meditación más profunda apareció el nombre de Juan. Luego de unos segundos de árida concentración me decido a contar su historia.

Una mañana volví a entender que la vida es finita, muy finita, tan finita que de mucho pensarla se nos va de las manos, de ahí mi filosofía de pensar menos y vivir más.

Además va y me sucede como a Hortensia, que ha enloquecido gritando a voz en cuello que le devuelvan su bienestar, que ella pagó sus impuestos, es ciudadana ejemplar, ha votado en todas las elecciones por el que gana, es amiga de cuanto político existe,  ha ahorrado toda su vida… y de repente, es más pobre que “una lechuga en hortaliza china” (no entendí cuando lo dijo, pero me gustó la expresión desesperada, la encontré hasta sofisticada).

A diferencia de ella, sé que no viviré para siempre, que el plazo en caso de que Dios fuera espléndido, no excedería los cien años y que estos se pasan volando, casi sin darnos cuenta. Por qué preocuparme de tan corto periodo de tiempo. ¡A encender velas y que no sople el viento! ¿Qué les parece el refrán que me acabado de inventar?

Juan Seisdedos es mi amigo de infancia. Lo de seis dedos es porque así le llamábamos en el grupo, ya sabrán por qué. Todos sabíamos el secreto y respetamos su misterio.
Tenía seis dedos en cada uno de sus pies.

Ir a la playa o la piscina era un imposible que se escribía con mayúscula. A  Juan desde niño le obligaron a encubrir sus abundancias.   Andar descalzo era un privilegio de los que teníamos cinco “tentáculos”. “Temía al ridículo y además me sentía un anormal –me comentó–. Recuerdo que una vez me puse malo y me desmayé.

Cuando me llevaron al dispensario, entre mareos y vómitos, escuché a alguien decir que me quitaran los zapatos. Recuperé de inmediato el conocimiento y corrí a mi casa como muerto resucitado.

El solo hecho de que descubrieran mis extras, me llenaba de espanto. Sufría mucho, la vida era una cadena de malos ratos y todo debido a los dedos sobrantes.

Cuando se hablaba de extremidades, sentía que todos sabían mi secreto, el número seis no lo pronunciaba jamás a riesgo de que un frío de nevera vieja subiera por la espina dorsal y la acidez estomacal se instalara por largas horas en mi estomago”.

“Una mañana entendí que esos seis dedos eran la razón de un tormento permanente y que debía hacer algo –continuó su confesión–. ¿Cómo transformar una tristeza en alegría? ¿Un drama en comedia? Hacer del seis una invitación a la risa.

Desde que hablaban de zapatos me ponía nervioso, mi relación con las muchachas se entorpecía al pensar que algún día tendría que revelarle mi secreto de los seis dedos. Fue entonces cuando supe la única manera de superar algo que no podía cambiar. Tenía que enfrentarlo valientemente y asumir sus consecuencias.

Una mañana me armé de valor y salí a comprar unas sandalias. El vendedor de la zapatería me dijo que acababan de llegar. Eran españolas y de muy buena clase, las que usaban en el verano toda la gente elegante en la Costa Brava. Me sudaban las manos y ni qué decir de los extras. ‘¿Me las puedo probar?’, pregunté sin titubear. ‘¿Qué numero? ¿Le gustan flojas o apretadas? Se las recomiendo sueltas para que le bailen en el pie’ El vendedor no sospechaba cuánto bailarían mis seis en desenfrenada libertad. ‘Con ellas se sentirá descalzo’.

Un tic nervioso me movía el ojo incontrolablemente. Eso sólo me pasaba en los exámenes de secundaria y claro, con el detalle de los seis… ‘¿Qué color?’ ‘Negras’, dije con aplomo. Me saqué las medias con una naturalidad ensayada. Llevaba años preparando ese momento. El sexto brotó independiente, como si estuviera esperando desesperadamente su oportunidad”.

“No sabes Freddy, no sabes lo que fue aquello –dijo Seisdedos después de una larguísima pausa– Por porco me muero cuando el vendedor gritó: ‘Uepa, ¿y eso?’. ‘Tengo seis dedos’, dije sin que se me quebrara la voz. La tienda estaba repleta de compradores y sentí que media docena de ojos entre negros verdes y marrones se fijaron en el sobrante.

Disimulé e hice como que nada me importara. Imposible controlar el ojo izquierdo que subía y bajaba descaradamente. En la escuela todos los dedos tenían nombre, el último, el que está después del meñique, lo había bautizado como el impropio. ‘¿Y para qué le sirve?’ ‘¿Para qué, qué?’ ‘El sexto, ¿para qué sirve?’ ‘Para lo mismo que los demás’, dije recuperando la voz.

‘Qué casualidad’, comentó el vendedor. ‘¿Casualidad?’ ‘Tantos años en esta profesión y usted es el primero’. ‘¿De seis…?’ Con una rapidez increíble se quitó los zapatos y el calcetín para mostrar sus sextetos. ‘Yo también tengo seis’, dijo triunfalmente, restándole importancia a mi abundancia.

Nos miramos y una sola carcajada, una incontrolable carcajada se escuchó en toda la tienda. Cada vez que paso por la zapatería de El Conde escucho la risa y me contagio”.
Bueno, los que tengan seis… a reírse.

Freddy Ginebra