Senderos
de esperanza
"¿Cómo es el mar?" La pregunta me inunda de ternura
cuando aquellos ojos grandes y limpios me hablan con la mirada. "El mar,
niña es grande", atino a decir un poco perplejo por la simplicidad
aparente de su pregunta. Y ella insiste obligándome a buscar otra respuesta:
"Es una enorme cantidad de agua azul que separa los países",
respondo tratando de explicar.
"¿Y hay peces o barcos o arena?" Inquiere de nuevo la voz
de ángel.
"Sí, y el cielo es su techo"
"¿Y la gente va a verlo?"
"Bueno -titubeo-, en la capital, lo tenemos tan presente que lo ignoramos".
La niña me toma de la mano y me pide que la lleve a ver
el mar. No sé qué decir y prometo que volveré y
entonces iremos al mar. Estoy en una montaña en medio
de esta isla que no acaba nunca, esta isla inmensa y bella que
invita a recorrerla y conocer a su gente. Ser miembro de la Fundación
Brugal ha sido un privilegio que me expone a visitar lugares
que como este que jamás visitaría y adentrarme
en comunidades y conocer a su gente. Cada año espero con
alegría este momento cuando, junto a otros miembros del
jurado, visitamos los parajes más remotos y verificamos
lo que nos presentan en sus propuestas.
"¿Eres médico?" Pregunto
al joven en su consultorio.
"Sí --contesta-, llevo varios años trabajando en este lugar.
Imagínese que si yo no vengo, no tienen a nadie. Yo aquí he visto
milagros. La gente enferma recorre kilómetros para encontrar ayuda.
Tengo esa moto y con ella subo y bajo todos los días este monte. Con
la mirada recorro el humilde dispensario ordenado y limpio con las cosas esenciales,
la mesa de partos, algunas medicinas, instrumentos y el catre donde duerme
cuando según me dice se enfrenta a algún enfermo de gravedad
y pasa la noche.
Cuando me habla siento su energía y entusiasmo. Es un
hombre comprometido y en cada palabra que pronuncia vislumbro
la pasión de quien vive a cada segundo su profesión.
"¿Y no le echas de menos a la ciudad? ¿Tu
gente?"
"Esta es mi gente, usted no sabe lo que son las noches en este lugar".
"¿Y los casos difíciles?"
"Mire, sólo se me han muerto los que se hubieran muerto en cualquiera
de las mejores clínicas. Tengo suerte. Me siento cuidado y consentido,
no hay día que me falte un pollo, o unos víveres, o lo que sea.
Trabajo mucho y me siento contento".
Una brisa sopla discreta y por momentos
olvido el mundo en que estoy y me emociono con las palabras
de este hombre que desde hace unos años vive comprometido
con una causa.
Las adoratrices
"¿Y cómo vienen las prostitutas?" Le pregunto a la
monja.
"No las llamamos prostitutas -me corrige-, de esa manera los hijos no
se avergüenzan de ellas ni de lo que hacen. No vienen, las vamos a buscar.
Ahora estoy en La Romana, son las adoratrices, religiosas dedicadas
a recuperar mujeres de la calle.
"Es un trabajo lindísimo. Hacemos labor de rescate,
las sacamos del mundo en que viven y les enseñamos a respetarse
y aprender a vivir de otra forma. Muchas ya tienen sus hijos,
es un proceso lento pero ya hemos visto sus frutos".
La casa huele a dedicación. Cada monja tiene su oficio,
un dispensario con todo lo necesario donde asisten las mujeres
y se les enseña a protegerse, a cuidarse, es una obra
de amor y paciencia. Entro a una capilla forrada de ladrillos.
"¿Le gusta?" Pregunta
la hermana.
Asiento. En el centro el santísimo expuesto, bancos, ventanas,
una simplicidad que invita a la oración.
"Estos ladrillos los han donado ellas con el fruto de su trabajo".
Me maravilla que una religiosa llame al sexo trabajo, la admiro en silencio.
"Uno a uno han ido llegando -continúa hablando como si lo hiciera
de sus hijas-, es una manera de que ellas estén en presencia de Dios".
Pienso que son ladrillos de amor vendido, de sacrificio, de humillaciones,
se me ocurre que es la capilla más admirable que he visto
en mi vida.
Ingenio Consuelo
Un batey, un ingenio, la pobreza más intensa, el abandono
y otras monjas.
"Tiene que ver la escuela", me dice con acento canadiense.
Casi cincuenta años desde que vino al país como
misionera y su entusiasmo ha ido creciendo con los años.
El plantel es digno de tenerse de modelo, las maestras son antiguas
alumnas formadas en el lugar, la limpieza y el orden envidiables
y la disciplina la percibo en el silencio y la atención
que prestan los alumnos en las clases.
El asilo de ancianos esta aquí. Entramos. Sentados en
mecedoras nos esperan formando un redondel. Como niños
todos al unísono repiten el buenos días.
"Mateo ha preparado una canción",
me dice con acento la religiosa.
Al escuchar su nombre, Mateo, en sus noventa años, se
levanta y entona. Es un estribillo que habla de un amor perdido.
Es lo único que se sabe y lo repite hasta el cansancio.
A una señal con la mano, el anciano se detiene a mitad
de la frase y se sienta, luego me entero es capaz si no se le
avisa, de cantar durante horas. Aplaudo. Mateo hace una pequeña
reverencia y sonríe.
Agradecido. Hace tiempo que no escuchaba
una canción
de amor que me llegara tan profundo. Mateo es todos los abuelos
abandonados de este país. Lo encontraron comiendo tierra
y yerbas ,casi muerto de hambre.
"¿Y qué es lo que mas
disfrutan?"
"El baño -rápido me dicen-. Muchos nunca habían tenido
una ducha. Es la gran experiencia y algunos quieren bañarse hasta tres
veces al día"
Bajabonico Arriba
El jeep se detiene a la vera de la carretera.
"Caminaremos desde aquí -dice el vocero de la comunidad
campesina-. Estamos organizados y podrás ver algunas de
las parcelas que ya hemos sembrado y conversar con los dirigentes
de otros grupos".
Un enorme árbol nos espera al cruzar el río.
"Pasa por este puente, no tengas miedo que no se cae. Ese es otro de nuestros éxitos.
Los niños no iban a la escuela por lo difícil de llegar pero
ya con este puente todo es más fácil".
Debajo el río, puente de tablas y sogas que se mueve
al paso de nuestros cuerpos. La conversación es amena
y ordenada. Hombres y mujeres que con gran respeto hablan de
sus vidas, del trabajo y de cómo han tenido que organizarse
para poder subsistir y vender sus productos. Me sorprendo de
lo bien expresadas las ideas, de la claridad de propósitos,
de los planes a corto y largo plazo y más aún de
los resultados y las mil maneras de combatir las adversidades.
Pero lo que más me sorprende es
la solidaridad entre ellos. Asisto a la experiencia de una
nueva sociedad, donde como hermanos se complementan y se apoyan
unos con otros.
"Fui a estudiar -dice José-, tuve esa dicha, pero
regresé a mi lugar donde soy feliz y me casé con
la muchacha que conocí desde muchacho. Tenía que
devolverle a mi gente la experiencia de los estudios y no me
cambio por nadie".
Mientras José habla, desfilan ante mí todas estas
experiencias vividas con las visitas de la Fundación Brugal
a los cuatro puntos cardinales de nuestra media isla: guarderías
donde niños son cuidados y alimentados amorosamente mientras
sus madres obreras trabajan, maestros con el solo estímulo
del deber cumplido alfabetizan a miles de párvulos y les
abren nuevos horizontes, parques ecológicos protegidos
evitando la muerte de sus árboles, escuelas de reforestación,
reformatorios donde un grupo de hombres dedican su tiempo a enderezar
vidas destrozadas por la violencia o ausencia de hogares estables,
hospitales donde sin recursos hombres y mujeres agonizan tratando
de aliviar al que sufre, y tantos más... Entonces pienso,
que no tengo espacio para la tristeza aunque quieran derrotarme
con la violencia o la globalización del miedo. La vida
me bendice con el ejemplo de estos hombres y mujeres, de estas
instituciones que en el silencio de sus días, hacen patria,
construyen otra isla, hombres y mujeres con miradas de eternidad,
almas comprometidas con la verdad, con la sola gratificación
del deber cumplido, que les basta saber que haciendo el bien
es la mejor manera de vivir desde hoy, los predios del paraíso.
Con satisfacción recorro estos auténticos senderos
de esperanza y agradezco.
Freddy Ginebra |