Freddy Ginebra presenta dos libros en España - Redacción Clave Digital

El escritor y publicista Freddy Ginebra puso recientemente en circulación, en Madrid, España, los libros “Secretos compartidos” y “Antes de pierda la memoria”.

El acto se llevó a cabo en Casa de América, y la periodista Mabel Caballero, especialista en cultura, hizo de presentadora crítica de  “Antes de que pierda la memoria”, una recopilación de escritos que Ginebra ha publicado en diarios dominicanos.

Los textos del libro fueron publicados en el desparecido suplemento cultural Pasiones, del diario El Caribe, en donde Ginebra compartió ideas y sueños con la periodista Caballero, que hasta mediados de año residía en la República Dominicana. Caballero era la editora de cultura de El Caribe, y Camilo Venegas era el editor de Pasiones.

A continuación el texto de la presentación que preparó Mabel Caballero sobre Ginebra y su obra:

Freddy Ginebra

En Santo Domingo Freddy Ginebra apenas necesita presentación. Muchos lo llaman el ministro de Cultura en la sombra y para otros, más que un individuo polifacético, es el primo de la canción de Juan Luis Guerra: es publicista, cronista, periodista, comentarista, jurado de varios certámenes, presentador, editor, curador de arte, relaciones públicas.

Y me consta que también maneja de reversa (sobre todo en túneles y puentes, a altas horas de la madrugada), es sociólogo, poeta, cocina sin receta y si no conoce a Michael Jordan es porque ese señor no ha tenido a bien pasarse unos días en República Dominicana. Pero a diferencia del primo de la canción, Freddy no sueña con ser diputado. Ni falta que le hace. Los políticos le respetan, los artistas le veneran, los empresarios le financian todos sus proyectos, sus amigos le adoran y en fin, todo el mundo le conoce. Podría parecer que hablo del presidente de la República, pero en realidad, me refiero al autor de "Secretos compartidos" y "Antes de que pierda la memoria".

Y es que Freddy, como le conoce todo el mundo, se ha decidido a escribir todas esas cosas que nos cuenta y a mí me toca hablar de uno de los dos libros que se presentan aquí esta noche: "Antes de que pierda la memoria". Por el título, cualquiera diría que es la narración larga y tediosa de un viejito que no tiene más que hacer que contar batallitas de alguna guerra pasada.

De hecho, no animaría a nadie a leerlo si les dijera que Freddy manifestó sin complejos que lo escribió pensando en sus nietos. Ahí sí que es como para echarse a temblar. Así que lo que sorprende a la hora de leerlo es que sus historias son muy divertidas. Da la impresión de que este hombre se lo ha pasado muy bien en la vida (él podrá corroborarlo) y de que, lo más importante, ha hecho que los que están a su alrededor también disfruten. Como se diría en Santo Domingo, cuando Freddy está cerca, todo el mundo goza.

"El día que aprendí a reírme de mí mismo, aprendí a vivir con más libertad y  alegría", asegura el autor y uno no tiene más remedio que creerle.  Es esa libertad y alegría la que contagia a sus lectores a través de sus artículos.

Pero vayamos a los orígenes. La idea surgió de él mismo, en una conversación con el editor del suplemento "Pasiones" del diario El Caribe. Freddy le confesó a su amigo Camilo que ya estaba preparado para enfrentarse al papel en blanco. "Es ahora o nunca", dijo y parece que estoy escuchando ese tono de voz determinante, como cuando se propone crear un festival, organizar un congreso, un debate o una fiesta para los amigos. Pero claro, esto era mucho más serio. Se trataba de escribir semana tras semana una página entera de periódico (que por cierto, era sábana, de esos que para leerlo tiene una que doblarlo en cuatro y que termina provocando entumecimiento de los músculos).

Según le confesó, le aterraba la idea de aburrir al personal, de que la gente sintiera que era otro más contado sus peripecias, hablando solo de sí mismo, sin más fin que la autocomplacencia.

Pero, pese a esos temores, se puso manos a la obra. La revista se cerraba los viernes, pero todos los colaboradores debían entregar sus textos el jueves. Tal y como relata el editor en el prólogo de este libro, ese día se ponía en marcha el ritual. Tras varios intercambios de llamadas telefónicas, el editor colgaba y se mantenía entre 5 y 10 minutos comiéndose las uñas, hasta que finalmente se producía la penúltima llamada. El parto había sido posible y al niño no había que dejarlo en la incubadora.

Creo que desde el primer número, Freddy se hizo una visita imprescindible en los hogares de la gente que leía el periódico los domingos. Es más, muchos llegaron a comprarlo sólo por él. Yo lo escuché más de una vez, por lo que hay que desechar el argumento de que se trataba de dar palmaditas en la espalda del autor.

Cuando el suplemento murió, Freddy se quedó colaborando en el periódico por aclamación popular, en la sección de Cultura. Así, yo heredé la noble tarea de escuchar la voz que decía "esta semana no voy a poder. Estoy trabado. No me sale nada. Me he sentado dos horas frente al papel en blanco y nada". El tono solemne, trágico y al borde de la apoplejía era tan real que nadie podía sospechar que se trataba de una artimaña para librarse de esa obligación. Finalmente, el sábado, rozando la hora límite, el artículo llegaba. Yo suspiraba aliviada y él de nuevo recuperaba su alegría, su entusiasmo casi infantil.

Porque me consta que a Freddy le hacía feliz contar esas historias, porque no echaba las palabras al aire para oírse a sí mismo, para regustarse y recibir elogios de académicos y escritores.

Sospecho que a él le importaba, sobre todo, es que a la gente le resultara ameno, que rieran o que simplemente sonrieran y que tal vez a alguien le sirviera, si no de consuelo, para reflexionar. Al fin y al cabo, para eso leemos, ¿no? Para ampliar nuestro mundo, para reír, llorar, sonreír, pero sobre todo, para pensar.

Así que por una parte, permaneció el Freddy escritor, que ha adquirido conciencia de serlo aunque mucho me temo que siga sin tomarse en serio y por otro, el personaje que ha terminado por ser para mucha gente ese tipo con el que te cruzas en la fila del supermercado y a quien puedes contarle tu vida.

Mientras tanto, mientras disfruta de sus lectores, Freddy sigue participando -y de qué manera- en todo tipo de aventuras culturales y proyectos sociales, con su amada Casa de Teatro.

Déjenme explicarles. En República Dominicana, dice el pueblo, que nunca se equivoca, hay tres formas de hacerse rico: ser pelotero, traficante o político. Pero Freddy ha inventado otra manera de perder el patrimonio familiar poco a poco con ese local, que es al mismo tiempo un centro cultural sin ánimo de lucro, y que durantes décadas fue y sigue siendo refugio de cantantes, artistas, autores, actores y por qué no decirlo, greñudos, desocupados, locos, comunistas e incluso alguna que otra doña aficionada a pintar jarrones.

La culpa, evidentemente, no es ni del chachachá ni del merengue, sino de este hombre que nunca aprendió a decir que no. Hace treinta años que en este lugar pasan cosas increíbles.

Desde aquella década terrible, cuando media América Latina soñaba con salir de las cavernas, Freddy viene acogiendo en esas cuatro paredes a todo aquel que quiera mostrar su lado artístico, incluso, me inclino a pensar, si carecen por completo de él. Para Freddy, la intención siempre es lo que cuenta. Y por eso él se entrega a la tarea de organizar una exposición, un festival de jazz o acoger una obra de teatro, con el mismo entusiasmo con el que escucha los pormenores de la vida diaria de amigos, familiares, empleados y hasta completos desconocidos.

Sin embargo, no se dejen engañar. A pesar de la barba y pelo canos, los ojos azules y el aspecto de abuelito de Heidi, este hombre tiene cuerda para rato. Tras ese disfraz de Arcángel San Gabriel, se esconde un hombre pícaro que se ha bebido la vida como se beben las cervezas Presidente en Santo Domingo: de un tirón y a ser posible rodeado de amigos.

"Antes de que pierda la memoria", reitera él, es un testimonio para sus nietas, para que conozcan a ese abuelo nevado que juega con ellas a las casitas y que toma el té de las cinco como si se tratara de un británico de pro. Pero en realidad, el libro nos ha revelado a un Freddy Ginebra como un excelente contador de historias.

Su memoria abarca tantos personajes, abuelos, amigos, compadres y conocidos que logra dibujar un panorama de lo que hoy es el país. Su país. Más allá de eso, de su amor por la libertad, por su familia, por su tierra, por su gran patria que es el Caribe y por Dios, Freddy está enamorado de la Diosa del Arte. Es a ella a la que saca a bailar un merenguito casi cada día en ese rincón de la Zona Colonial que se llama Casa de Teatro. Un auténtico oasis en el que uno puede olvidar (con la consabida cerveza en la mano y escuchando buena música) los apagones y las tristezas diarias.

La vida en Santo Domingo no siempre es una fiesta, aunque vivir en aquella isla, rodeado de amigos dominicanos para mí y para muchos ha sido un privilegio. A pesar de las tormentas y los huracanes. A pesar de que la única forma honrada de escapar de la pobreza es buscar una visa para un sueño o enfrentarse a los tiburones. Hay días, confiesa Freddy, en que hay que inventarse la esperanza. Pero como esto sí es una fiesta, una reunión de amigos, no quisiera terminar con esta cucharadita de nostalgia, sino con otra frase del propio autor:

"Una mañana volví a entender que la vida es finita, muy finita, tan finita que de mucho pensarla se nos va de las manos. De ahí mi filosofía de pensar menos y vivir más".

Muchas Gracias